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Tren de la muerte con destino a Alcalá
Redacción - jueves 8 de diciembre de 2011 a las 17:51 horas
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El historiador Santiago Mata reconstruye la ejecución de 196 civiles en Vallecas a manos de milicianos republicanos en agosto de 1936.

 

Un cruce de vías cerca del apeadero de Vallecas se convirtió en el escenario de una de las masacres más brutales y menos conocidas de la guerra civil. Ocurrió en los primeros días de la contienda y las víctimas fueron 196 civiles procedentes de Jaén que viajaban en un tren con destino a Alcalá. La prisión del viejo colegio de Santo Tomás esperaba a estos presos que fueron fusilados por milicianos republicanos. Paradójicamente tanto el bando republicano como el bando nacional silenciaron la matanza, que el periodista e historiador Santiago Mata ha reconstruido en el libro El tren de la muerte.


El historiador y periodista de La Gaceta  Santiago Mata (Valladolid, 1965) es vecino de Villaverde y allí tuvo la primera noticia de cierto episodio sangriento sucedido en la vecina Vallecas en los primeros días de la guerra. Y tras dos años de rastreo en archivos y búsqueda de testimonios directos, desempolvó el primero de la interminable cadena de ajusticiamientos en masa que se produjeron a lo largo de la guerra civil y que tiene un vínculo indirecto con Alcalá. El tren de la muerte (La Esfera de los Libros, 352 páginas) es el primer acercamiento documentado a aquel terrible suceso “en territorio del bando republicano, incapaz de mantener el estado de Derecho”, explica Mata, que subraya también su siniestra particularidad: “El bando nacional mantuvo silencio. ¿Por qué? Es la pregunta del millón aunque creo que he logrado algunas respuestas”.

 


El telón de fondo de este episodio son los confusos y convulsos días del inicio de la guerra civil. Tras la sublevación de parte del Ejército, los gobernantes republicanos armaron a las milicias de los partidos de izquierdas y trataron de mantener su autoridad sobre el resto de las fuerzas policiales y militares.  En mitad de una verdadera revolución, fueron habituales las detenciones masivas de militantes de organizaciones de derechas o de religiosos en la zona republicana. Así ocurrió en Jaén, donde la catedral se convirtió en una prisión improvisada, acosada a diario por elementos radicales. “Viendo el peligro que corrían estos presos, se pidió ayuda al director general de Prisiones,  y éste ordenó el traslado de quinientos presos a la cárcel de Alcalá”, apunta Mata.


El traslado se realizó en dos trenes. El primero partió el 11 de agosto y pudo llegar hasta Alcalá, no sin problemas. Al día siguiente salió el segundo convoy, con 235 presos de Jaén y el pueblo cordobés de Adamuz a bordo, todos civiles y ciudadanos anónimos, salvo el obispo jienense, y nunca llegó a su destino. Escoltado por casi un centenar de guardias civiles y guardias de asalto, el tren fue interceptado en el apeadero de Vallecas por milicianos socialistas, comunistas y anarquistas, que tras separar a algunos de los presos que demostraron algún vínculo con organizaciones de izquierdas, fusilaron  en el paraje conocido como la ‘Casilla doble’ a un total de 196 pasajeros ante la vista de varios centenares de vecinos vallecanos. “No fue algo espontáneo ni cosa de incontrolados. A los milicianos se les había informado de que venían esos trenes y es un hecho que el director general de Seguridad, Manuel Muñoz, consintió la matanza, y que el propio presidente del Gobierno, José Giral, lo pudo conocer. Al fin y al cabo, aquellos milicianos eran los que sostenían la República. ¿Cómo se iban a oponer a ellos?”.

 

El periodista y escritor Santiago Mata


Villanos y héroes

Aparte, cada El hecho, no obstante, tuvo repercusiones internacionales, como el anuncio de los embajadores extranjeros de que acogerían a ciudadanos españoles en asilo, “porque se acababa de demostrar que el Gobierno republicano no podía imponer la ley”. De hecho, las autoridades gubernamentales ignoraron el suceso y, sorprendentemente, los nacionales también. Ni siquiera al final de la guerra se ordenó una investigación a fondo. Mata cree tener dos explicaciones: en primer lugar, algunos de los guardias civiles que escoltaban aquel tren se pasaron después a las filas franquistas y se convirtieron en los “héroes de la resistencia en el santuario jienense de Santa María la Cabeza”, de modo que resultaba incómodo destapar su comportamiento en Vallecas; y en segundo lugar, una instrucción a fondo podría haber dejado al descubierto la actitud poco ejemplar de algunas familias principales de Jaén, “que compraron la libertad de algunos de sus miembros para evitar que subieran a los trenes”.


Aquellos 196 ejecutados fueron, en todos los sentidos, los “grandes perdedores”, como ha recordado uno de los pocos supervivientes, Leocadio Moreno, para el libro de Mata. Además de localizar el punto exacto de la matanza, hoy un descampado cerca de Mercamadrid, el autor de El tren de la muerte también ha hallado más testimonios directos. “Un día, en el cementerio de Vallecas, le pregunté a un señor mayor, de más de 80 años, si sabía de aquello y de por qué nadie lo recordaba en el pueblo. Y él me respondió: ‘Todos los de mi edad lo saben porque todos cavamos zanjas aquel día”.

 

Pedro P. Hinojos


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