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Ahora le toca a la Administración
Redacción - miércoles 4 de enero de 2012 a las 21:04 horas
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Editorial. El terremoto anunciado en torno a las previsiones y las prioridades económicas tuvo su primer episodio el penúltimo día del año.

 

La tremebunda, aunque esperada, desviación del déficit del Estado obligó al nuevo gobierno a adoptar duras medidas de ajuste presupuestario que sufrirá en sus carnes el conjunto de la sociedad. De una parte, se subirán los impuestos, merced a  la necesidad imperiosa del Ejecutivo de disponer de ingresos. De otra, se recortarán las inversiones y la contratación, lo que tendrá consecuencias inevitablemente en la dinamización económica.


No había otra opción, pues Bruselas estaba y está al acecho sobre nuestro deriva financiera. Ni esto es, evidentemente, lo único por hacer. De hecho, está aún por ver la catadura real del impulso reformista del actual Gobierno.


Si de verdad este es el “inicio del inicio” del que hablaba la vicepresidenta Sáenz de Santamaría hace unos días, lo que hoy deberá presentarse tras el consejo de ministros, que ha de aprobar el gasto corriente de la administración para los próximos meses, es un plan de reajuste y reestructuración de la maquinaria del Estado y de sus organizaciones satélites como nunca se ha conocido hasta ahora. Es lo que se espera. Incluso es lo primero que debería haberse acometido, antes de imponerle nuevos sacrificios a los ciudadanos y las empresas.


Con una deuda de más de 60.000 millones de euros generada por el Estado, que incluye despilfarros tan sangrantes como los 1.500 millones en las televisiones territoriales, por destacar solo un caso; queda claro que existe margen de sobra para que el Gobierno ahorre, administre con eficiencia y, además, dé ejemplo de austeridad y voluntad por exigirse al máximo ante la opinión pública. Y tales medidas han de afectar, como es lógico, a toda la pirámide de los poderes públicos; desde Moncloa al último ayuntamiento.


Le toca ahora, por tanto, a la Administración ponerse en vanguardia y demostrar que estos tiempos de zozobra también pueden ser muy provechosos. Porque no hay excusas que impidan en este momento eliminar instituciones superfluas, erradicar duplicidades y rentabilizar al céntimo las inversiones públicas, males que venimos arrastrando desde hace años.


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