Verónica Forqué vuelve a Alcalá. Regresa “justo un año después”, como bien recuerda, para meterse en un papel que le ha apasionado. La última vez que la actriz madrileña, ganadora de cuatro premios Goya que sabe también lo que es dirigir y adaptar para el teatro, pisó el Salón Cervantes fue con La abeja reina, una función que cerró su gira sobre el escenario local al que ahora retorna con Shirley Valentine. La función, original de Willy Russell y versionada por Nacho Artime, relata la historia de una ama de casa corriente. Una mujer que se casó por amor pero ahora se ve empujada a replantearse su vida tras tantas horas de soledad en el hogar, un marido brusco y machista al que ya no ama y una voluntad propia de la que nunca fue dueña.
Y es justo durante su faceta de ama de casa cuando esta entrevista irrumpe en la vida cotidiana, que no escénica, de la artista. Como la protagonista de Shirley Valentine, que repasa su existencia desde una cocina con vistas al patio de butacas, Forqué atiende a este Diario desde su propia cocina mientras prepara, “encantada”, unas lentejas con el robot que le acaban de regalar.
P. ¿Ya veo que también ejerce de ‘señora de su casa’?
R. Es que también soy ama de casa. En realidad es mi hobby. Por ejemplo, ahora me pillas haciendo unas lentejas bien ricas mientras entra el solecito por la ventana. Bueno, y con el aparato que me han regalado... Ayer hice pan por primera vez y me salió bomba.
P. Y mientras se dedica ‘a sus labores’, ¿le da tiempo a darle vueltas a la cabeza como le sucede a Shirley?
R. Sí que da tiempo a pensar en otras cosas. Pero claro, no es lo mismo que la ocupación de la casa sea una obligación, un trabajo diario, que te dediques a otra cosa y tengas la suerte de contar con una persona que te ayude y te lleve la casa, como es mi caso. El trabajo de una casa es muy duro, vale que más crudo es estar en una cantera en la India, pero dentro del mundo occidental es uno de los más duros y desagradecidos. La familia lo valora poco porque da por hecho que la plancha, las camas o la comida tienen que estar hechas y si le falta sal a las lentejas, te lo dicen, claro (suelta en tono irónico).
P. ¿Hay mucha distancia entre Shirley y Flora, la madre que interpretó en La abeja reina?
R. Son completamente distintas. Aunque en esencia todas las mujeres nos parecemos y ellas tienen puntos en común. Son inglesas y madres, pero son muy diferentes y pertenecen a clases sociales muy distintas. Aunque a la vez las dos tienen sueños que no han podido cumplir, algo que, por otra parte, es muy común en las de nuestro sexo.
P. ¿Sí? ¿Sólo de nosotras?
R. Estoy segura. Al menos de las mujeres de mi generación, y ya no te digo de las de mi madre o mi abuela. Nosotras ya elegimos más y las chicas de la edad de mi hija algo más que nosotras, pero aún nos queda por avanzar...
P. Volviendo a la comparación entre aquella comedia de Charlotte Jones y ésta, escrita por el autor de Hermanos de sangre...
R. Pues, el papel de mi personaje en La abeja reina era importante, pero se trataba de una obra coral, en el que el protagonista era el hijo de Flora y la responsabilidad se repartía entre todos. Era una obra maravillosa que había visto en Londres y quería hacer aquí. En el caso de Shirley Valentine son otros productores los que me la ofrecen, un trabajo que me supone más responsabilidad, porque durante dos horas en el escenario estoy yo y nadie más que yo.
P. ¿Cómo se prepara para afrontar un monólogo así?
R. Se afronta con un susto horroroso (reconoce que es la primera vez que hace un soliloquio así), porque no sabes si va a venir la gente, si te van a poner verde... Porque todo el peso recae en ti y si no llegas, la culpa es solo tuya. Pero se supera el miedo y se acepta. Por lo demás, conlleva mucha preparación física y psíquica. Tienes que tener el cuerpo, los músculos, la laringe ejercitados para que se sientan bien y fuertes. Y cuando esa rutina física la tienes establecida, el miedo se supera autoconvenciéndote de que si has dicho que sí es porque en realidad deberías saber hacerlo. Me digo: “¡si llevas toda la vida en esto!” (ríe con esa dulzura que la caracteriza dentro de las tablas y que también mantiene fuera de ellas).
P. Y cuando termina, ‘muere’ de agotamiento...
R. Después de la tensión, cuando acabas te sientes bien porque has terminado. Pero es que es una obra muy bonita, que me gusta mucho hacerla y que es muy gratificante. Como todo lo que implica cierto riesgo, cuando concluye y sale bien, lo que recibes es mucho. Y en este caso el público está respondiendo muy bien. Es un texto feminista y las mujeres lo comprenden bien; pero los hombres también lo disfrutan en sus puntos cómicos. Al final está contada para todos, porque a todos nos pasa lo mismo.
P. ¿Y es ahí donde reside la clave del éxito? Porque he leído que han llenado e incluso el público se ha puesto en pie.
R. La clave del éxito se produce cuando lo que haces llega a los demás. Hace 30 años que se estrenó esta función y sigue funcionando muy bien porque la gente la sigue entendiendo. No sé si a futuras generaciones llegará del mismo modo porque las cosas cambian. Pero hoy todavía nosotros nos sentimos identificados con lo que cuenta. Todavía hoy las mujeres tenemos que pedir permiso por todo, algo que hace Shirley.
P. ¿Sí? ¿Usted pide permiso?
R. ¿Y tú no? Cuando tienes hijos, tienes un marido... al final acabas pidiendo permiso para muchas cosas. Ellos no, ellos te dicen: ‘pues voy a hacer esto’. ¡Y no pasa nada! Pero nosotras seguimos haciéndolo.
P. Culpa nuestra por pedirlo.
R. No sé si es nuestra culpa. Es como nos han educado y al final esa conducta la tenemos programada en nuestras células como ellos tienen programadas otras cosas. Es esa parte animal que tenemos... ¿Sabes lo que nos queda aún por conseguir? Si seguimos aquí, claro. Porque tal y como tratamos lo que nos rodea...
P. Llama la atención que una historia tan femenina esté escrita por un hombre (Willy Russell) y dirigida por otro hombre (Manuel Iborra) que, además, es su pareja.
R. Sí (ríe). Siempre estoy a las órdenes de un hombre. En la vida y en el trabajo. Estoy acostumbrada. Pero en este caso me puede el amor por la persona, que es el padre de mi hija y con quien llevo 30 años. Me une muchas cosas a él. Además, él conocía la obra porque había visto la película y cuando me lo ofrecieron me convenció para que dijera que sí. Porque en un principio mi intención era dirigirla yo, además, ya tenía pensadas varias actrices para el papel. Pero Manuel me animó para que la protagonizara yo. Y ahora estoy encantada, porque me está dando tantas alegrías...
P. ¿Ayuda o condiciona que quien te dirige sea tu marido?
R. Ayuda mucho, porque nos conocemos bien. Además, él piensa que soy la mejor actriz del universo y me exige como tal y si no estoy al 100% hay tensiones, pero también mucha felicidad. La gente se ríe cuando digo, me encanta estar enamorada de un hombre que me dice lo que tengo que hacer.
P. Como Shirley ¿se ha replanteado la vida alguna vez?
R. ¡Claro! Cuando no has dicho: ‘¡me voy y lo dejo todo!’ Pero luego no es verdad porque estás bien. Si fuera verdad, no lo vas anunciando. Yo no soy de amenazas. Si me voy, lo hago. Lo que tenemos las mujeres es que pecamos de no hablar. Así, llega un punto que acumulanos tanto que cuando no puedes más te marchas. Es lo que le pasa a Shirley. Está todo el día sola y al final con quien habla es con la pared de su cocina, que es quien la escucha. Hasta que descubre que ahí fuera hay un público dispuesto a atenderla. Pero yo estoy en un momento muy feliz de mi vida con mi marido, mi hija, tengo a mi madre, el trabajo no me está faltando... No me quejo.
P. ¿Sabía que en el Salón Cervantes está considerada una actriz-amuleto?
R. ¡No tenía ni idea! Pero no sabes cuánto me alegra saberlo. Aquí estrené en 2006 ¡Ay, Carmela! Es un teatro que adoro. Es una joya.
P. Ya la dejo, no sea que se le quemen las lentejas.
R. ¡Uy! Con este aparato no se queman.
· LA CITA:
Shirley Valentine. Original de Willy Russell. Adaptación de Nacho Artime. Producción de Carlos Lorenzo. Dirección de Manuel Iborra. Protagonista: Verónica Forqué. Sábado 28, 21 h. y domingo 29, 19 h. Teatro Salón Cervantes
Por Cristina Martínez |