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Rachida y Nouzha ya saben escribir
Redacción - viernes 3 de febrero de 2012 a las 15:13 horas
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Diez mujeres marroquíes, madres de alumnos, se alfabetizan en el CEIP Manuel Azaña de Alcalá de Henares.

 

Unas han vuelto al colegio muchos años después y muy lejos de su escuela de Marruecos; otras no sabían tan siquiera escribir, y la pisan ahora prácticamente por primera vez, mientras un piso más arriba sus hijos están en clase de Lengua o Matemáticas. Una decena de mujeres marroquíes, madres de alumnos del colegio, reciben clases de alfabetización dos días a la semana en el CEIP Manuel Azaña. Les sirven para empezar a aprender a hablar y escribir en español, años después de haber llegado a Alcalá. También para relacionarse con otras mujeres que, como en su caso, no han hecho hasta ahora mucha vida en sociedad en la ciudad; y para mejorar la comunicación con el personal del colegio, algo que beneficia también a los resultados académicos de sus hijos.  


En la mesa de Cristina Pedroche, la profesora de español y mediadora de inmigración del colegio, se apilan los folios con las tareas en montones con cada uno de sus nombres: Farida, Latifa, Rachida, Nouzha... “Algunas de ellas saben leer y escribir en árabe, o incluso saben algo de francés, pero no sabían nada de español. Otras hablaban ya algo de español, pero no sabían escribir, porque no aprendieron a escribir en Marruecos. O saben hablar en español, pero nada de escribir... Cada una es un mundo, así que el trabajo con cada una es distinto”, dice Cristina, en el CEIP Manuel Azaña desde el pasado curso, y enamorada de su trabajo. Lo que sí tienen en común es que todas son madres y viven para su familia y para su casa. Y que después de seis, once o quince años en España, su nivel de español no es alto, porque sus relaciones sociales de puertas para afuera se limitan a ir al médico o al mercado. Tienen entre 25 y 40 años, y solo una de ellas, Farida, trabaja, y por eso se toma especialmente en serio las clases.


Ya es la una de la tarde y las ocho mujeres que vienen hoy al colegio esperan a que Cristina vaya a buscarlas al hall de la entrada. Hoy Soumia está aún más guapa que de costumbre, porque sabe que le harán fotos. Y hoy Amal viene a clase también con su bebé. “Si sus hijos no estuvieran en este colegio, ellas no podrían venir a clase. Así están aquí de una a dos, que es cuando salen los niños, y a la salida los recogen y se van a casa”. El martes le toca el turno a las que todavía están en el nivel inicial. El miércoles, a las del nivel medio. Pero tienen tantas ganas de ir a clase que en ocasiones se equivocan sospechosamente de día, y Cristina las invita a pasar al aula, aunque no sea su turno. Pero hoy es el día más divertido, porque todas se juntan para una clase de conversación en las que se dividen en grupos para hacer los ejercicios, se los corrigen las unas a las otras y siempre acaban protestando por las correcciones de sus compañeras, porque quieren sacar la mejor puntuación.   


El tema de la clase de hoy ya lo han visto cuatro o cinco veces: las partes del cuerpo. No es por error: es lo que más les hace falta cuando tienen que ir al ambulatorio e indicarle al médico lo que les duele, como las formas de expresar el dolor. “Si el primer día aprenden tres palabras, el segundo otras dos, y el tercero otras tres, me doy por satisfecha, porque significa que van avanzando”, dice Cristina. Y explica que en su situación personal, como madres que son de hasta cuatro hijos, con los que se tienen que quedar cuando están enfermos y que les suponen bastante trabajo en casa, es habitual que algunas no vayan siempre al colegio. “A veces me traen los papeles del médico para que les explique lo que pone. También las acompaño al médico muchas veces”, cuenta su profesora. 


Hafsa llegó en Marruecos a estudiar hasta el Bachillerato. Es la que más tiempo estuvo escolarizada. Soumia, hasta Secundaria. Otras afirman que fueron al colegio, “pero poco”. Dicen que a su familia les parece bien que estudien español, y que es importante aprenderlo. Y que sus maridos, que llegaron a España bastantes años antes, para buscar un trabajo y esperar aquí hasta que su familia se pudiera reunir con ellos, sí se manejan mejor que ellas en español. “Son muy responsables, me traen siempre los deberes hechos, y les encanta venir, porque se ríen y hablan de sus cosas”.

Lo más básico

Sus aspiraciones en cuanto a la lengua empiezan por lo más básico. “Yo quiero saber qué decir cuando estoy esperando la cola del mercado y una mujer se cuela”, dice Manal. “Y también saber explicar que vinimos aquí para trabajar, cuando me dicen que por qué no me voy a mi país”, añade con genio y un poco de amargura. En clase eso no se cuestiona. Y aquí pueden aprender y también ser ellas mismas.

 

Por Marina de la Cruz


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