Que no hay química entre Blanco y Pajín es evidente. Y que, aún así, Zapatero encumbró a ambos puede parecer una paradoja o un error que sin embargo tiene explicación: el máximo dirigente socialista lograba así que no hubiera un único nombre que le hiciera sombra. O lo que es lo mismo, se garantizaba un liderazgo incontestado e incontestable.
Cada uno representa ahora una generación y, sobre todo, una forma de entender la política: la de Blanco es más enérgica, de principios más nítidos y de mando en plaza rotundo. Quienes le conocen aseguran, por ejemplo, que no está cómodo con la gestión de la crisis y que, si por él fuera, ahondaría en una política más académica de izquierdas aunque ello le llevara a enfrentarse con los poderes financieros y europeos.
Pajín, sin embargo, es la otra cara del aparato: coincide en las ganas de controlar y mandar; pero sin en el otro caso es un medio para llegar a unos objetivos, en éste es un fin en sí mismo. No importa tanto varias un discurso sin con ello se garantiza una meta.
El choque de trenes es, por éstas y otras dos poderosas razones, más intenso que nunca en estos momentos, con Blanco claramente por encima pero Pajín haciendo valer la ambigüedad de Zapatero -a quien nadie tose- y sus propios aliados en el partido: desde ministras influyentes hasta ex barones autonómicos reconvertidos en vicepresidentes pasando por aspirantes con cierto control de su federación regional. Y los apoyos de Blanco también son claros: goza de la máxima confianza del presidente, aunque ésta no sea exclusiva con él y aún sea más intensa con un puñado de fontaneros de Moncloa y dos amigos personales del mundo empresarial; y gobierna el PSOE con puño de hierro. O se le quiere o se le teme, pero siempre se le respeta.
En ese escenario, en el que la clave sucesoria en caso de derrota es definitoria aunque se gestiona como un silencioso tabú, un elemento madrileño está siendo determinante en la definitiva quiebra de la confianza entre Blanco y Pajín. A la secretaria de Organización, buena amiga de Tomás Gómez, ya le consta la firme e irrevocable decisión del vicesecretario general de quitar al ex alcalde de Parla la candidatura autonómica.
Y a Blanco le consta que la 'sublevación' de Gómez tiene todo el apoyo de Pajín y de los suyos, sin la cual sería simplemente imposible que el líder madrileño le levantara la voz sin consecuencias inmediatas. A ambos se les acaba el tiempo para lograr su objetivo: Blanco aprieta como nunca por situar a Trinidad Jiménez de rival de Esperanza Aguirre y, todo lo más, calibra ofrecer a Gómez la candidatura al Ayuntamiento de Madrid. Y Pajín, consciente de la negativa de su protegido, intenta reventar los planes de Blanco.
Quizá por ello las relaciones entre ambos están casi rotas y presididas por lo estrictamente protocolario, en un clima gélido que llena de vao los conmocionados pasillos de Ferraz cuando pasan ambos dirigentes. La respuesta, muy pronto: en dos meses, a lo sumo, se sabrá quién ha ganado la partida.
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