“Seguiremos aquí hasta fin de mes”. Así se despide de su espacio Enric González, el sucesor de Haro Tecglen en esa columna de la antepenúltima de El País que siempre fue un rincón para los escépticos. Ni el éxito de los lectores ni los premios acumulados han sido suficientes para mantenerle en una sección incómoda para Prisa desde la que González disparaba con elegancia a su propia corporación.
Ya en mayo, el periodista vivió un conflicto con El País, que se negó a publicarle un artículo en el que a partir de una crítica global al sector empresarial de los medios de comunicación, parecía cargar contra el suyo propio: "Uno lo ve todo negro. No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños".
Nada mejor que ofrecerle otro puesto para sacarle del que ocupaba, haciendo pareja con Carlos Boyero, para solaz de miles de lectores que abrían el periódico por su página. Ahora le envían a Jerusalén como corresponsal, el puesto que González ejerció durante veinte años y que ahora ha vuelto a aceptar, con una puya al director de El País: “La dirección considera que conviene aprovechar al máximo el espacio de papel y que estas líneas serán de mayor provecho si se dedican a la televisión”.
González sugiere un descontento que se ha extendido en buena parte de la redacción del periódico, pero que no llegará a más. Tras clavar el rejón, el propio González lo saca: “No hay que preocuparse si desaparece del periódico alguna opinión, porque cada uno tiene ya la suya”.
Abundando en la teoría de la salidad pacífica pero no buscada, el columnista revelaba en un encuentro digital de hace dos semanas el cambio ahora ya concretado: "Podría vivir también en otros lugares: me he dedicado a eso durante 20 años, y fue agradable lo de dar tumbos de un lugar a otro. Yo también he oído cosas por ahí. Le cuento: he hablado un par de veces con el director sobre la posibilidad de hacer un tipo de trabajo distinto al que hago ahora mismo, y seguimos hablando muy cordialmente. La decisión es del director, pero no me parece que quiera imponerme nada".
Más polémica ha sido la salida de Rafael Reig de Público, e igual de incomprensible, aunque él la explica con elegancia en su propio blog. Era, quizá, su columnista de referencia, al nivel de Ignacio Escolar, pero su tendencia a ir por libre y su salario no gustaban del todo en la Casa. Se le ofreció un destino menos influyente, en la sección de Cultura, pero Reig lo rechazó entendiendo que en realidad le querían fuera.
Desde Público se ha explicado que en ningún caso se pretendía condicionar la opinión de su ex columnista y que seguiría opinando como estimara oportuno, aunque no se ha aclarado para qué era necesario entonces un cambio.
Las idas y venidas de columnistas son una tradición en la prensa española casi desde los tiempos de Larra, y en el pasado ya se vivieron sonadas polémicas y aparatosos fichajes. Desde el fallecido Umbral, que pasó de El País a convertirse en la referencia de El Mundo con un breve paso por ABC; hasta Boyero, que regresó a Prisa descontento con la línea de Pedro J., las mudanzas son habituales.
Tanto como los intercambios de favores entre responsables de periódicos y directores de tertulias televisivas: los unos contratan a los otros y viceversa para que todo quede en casa. |