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La contaminación que no se ve
Redacción - viernes 4 de febrero de 2011 a las 12:12 horas
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Las mismas calles y el doble o triple de coches. Este binomio sólo tiene una resultante: contaminación.

 

Desde hace unos días vuelve a hablarse de limitar el acceso de los vehículos al centro de Madrid debido a los elevados índices de contaminación que generan, principalmente, los tubos de escape de los vehículos.

Todo fue a raíz del cambio de sitio de las estaciones medidoras de la contaminación de la capital, que sirvió para que se enzarzaran el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino, y de paso, el candidato socialista a la Alcaldía de Madrid, Jaime Lissavetzky, que ha comprometido a que si gobierna restringirá el tráfico en aquellas zonas en las que se superen los límites recomendados de contaminación.

Pero el problema está ahí, aunque no se vea. Y lo malo es que muchas veces otras ciudades como las de la corona metropolitana respiran el aire contaminado que otros generan. Basta observar desde la lejanía ciudades como Madrid para ver en algunas ocasiones una especie de boina negra que cubre la ciudad y que tiene su origen, principalmente en el dióxido de  nitrógeno que expulsan los tubos de escape. No es el único peligro del aire porque las partículas en suspensión o los altos índices de ozono también son motivo de peligro para la salud y causa de enfermedades respiratorias. De hecho hay estudios que vinculen el incremento de ingresos hospitalarios cuando hay mayores niveles de contaminación.

Desde las asociaciones ecologistas se viene reclamando desde hace tiempo a las autoridades que se tomen más en serio un problema como la contaminación. Sin embargo, no se han hecho los deberes, algo que tampoco se ha hecho en ciudades europeas como Amsterdam, la capital de las bicicletas, donde curiosamente se han incumplido las directrices europeas. 


Madrid y Barcelona tienen la intención de pedir una moratoria para cumplir con los niveles que fija la UE desde 2010. Hay un umbral para el dióxido de nitrógeno que no se  puede rebasar y ese límite es de 40 microgramos por metro cúbico de  media anual. Y Madrid, por ejemplo, 44 microgramos.    

 El alto nivel de dióxido de nitrógeno procede sobre todo de los vehículos con motor diesel. Para hacerse una idea de su efecto, un motor diesel de un vehículo mediano emite entre 20 y 30 microgramos de partículas por kilómetro recorrido, frente a los menos de cinco microgramos de un motor de gasolina. Por este motivo, de los numerosos planes que se han previsto en Madrid, aunque sin llegar a buen puerto, uno de ellos tenía como objetivo que todos los vehículos pasar una revisión anual. Era el año 1985 y desde entonces se ha planteado en varias ocasiones limitar el tráfico en Madrid, como ya se hace en otras ciudades del mundo. En Londres, Roma o Milán hay que pagar por circular por el centro, y en otras como Quito, hay días en los que no se puede entrar en la ciudad durante varias horas en función de la matrícula. Éstas son algunas de las fórmulas ya están en marcha para luchar contra la contaminación, ya que se estima que el tráfico rodado tiene la culpa en un 80%. Además, hay otro enemigo que no se ve, pero que se respira. Se trata de las partículas en suspensión (PM10), uno de los principales contaminantes atmosféricos en las zonas urbanas.

El valor límite diario de partículas en suspensión que exige la Unión Europea es de 35 veces al año y según Ecologistas en Acción, en 2009, en Alcalá se llegó a duplicar esa cifra y se registraron 73 días negros.

 

José L. Enríquez / Fernando Escudero


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