| Bad times for ‘el Johnny’ |
| por Uno de la Redacción |
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| JUEVES 22 DE ABRIL DE 2010 A LAS 18:34 HORAS |
| Opinión > Política |
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XAVIER COLÁS. Hubo en su día una casta. La de los niños con nombre de personaje de serie de televisión. En el cole conocí a un Jordan Blanco, a un Michael sin coche fantástico y a un Jonathan Fernández Alcalde cuyos apellidos jamás saldrían en los títulos de crédito de una serie. Pero esos nombres estaban hechos para matar a los malos, huir a toda velocidad y quedarse con la chica. Eran la primera generación con nombres del otro lado del charco. Atrás quedaban los raules, jesuses o franciscos: esta nueva hornada de héroes escribía con orgullo su nombre en los exámenes, en los cuartos de baño y en las carpetas de los demás. Sus apelativos eran compatibles con la ficción que alimentaba la caja tonta, y los nuestros sólo un residuo del gris mundo real y castellano, sin persecuciones a tiros ni poderes sobrenaturales. Si encima traían zapatillas de basket y reloj calculadora al cole, la masa rugía.
Esos nombres elegidos para la gloria han envejecido fatal. Hasta el punto que se han convertido en adorno de la mofa, befa y manteo que hace este país de sí mismo. Los Brian o las Jennifer son, a su pesar, la subcategoría choni o jincha de fulanito y menganito. Su vitola holiwoodiense ha devenido en poligonera y marujil. De Andrea-cómete-el-pollo para abajo, son todos augurio de reformatorio o por lo menos carta a los padres.

Tan injusto era su estrellato en los ochenta como su vilipendio actual, acrecentado por las parodias de los Morancos y de otros humoristas mesetarios. No hace falta recurrir al antropólogo Arsuaga para afirmar que el apodo, por jodido que sea, no modifica los genes. Pero aún así, pobres de los bautizados con nombres de teleserie, porque nadie se los imaginará descubriendo una vacuna o presidiendo el Senado. En esta perra vida, Jennifer es la Jenny y Jonathan el Johnny. Algunos tienen nombre de presidente americano, pero por alguna injusta razón no hay nadie que se percate de ello. El fulgor acabó en los noventa y ahora no les hace hueco ni el santoral, que sí lo tiene para Nicasio y Telesforo. ¡Shit!
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| Comentarios |
| tistas |
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| viernes 23 de abril de 2010 a las 17:39 horas |
| Colás, el anterior te ha llamado feo por toda la cara |
| vamos no jodas |
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| viernes 23 de abril de 2010 a las 09:42 horas |
| ya le gustaria a Puyol parecerse a Piqué. |
| parecido razonable |
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| viernes 23 de abril de 2010 a las 08:30 horas |
| Xavier Colás eres clavado a Piqué |
| uno de la muga |
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| viernes 23 de abril de 2010 a las 08:19 horas |
Una de las palabras más escuchadas por el individuo a lo largo de su vida es el nombre propio.
Opino que esa palabra que pretende distinguirnos de los demás, también funciona como cincel de la personalidad.
Xavier: un placer la lectura. Pater: fue una pena que la república muriera de éxito anárquico y permitiera la entrada del pequeño gran dictador |
| pater |
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| jueves 22 de abril de 2010 a las 20:12 horas |
Allá por los años 30 del siglo pasado o XX en mi pueblo serrano según me dijeron mis mayores, hubo un chico muy apuesto, con un nombre, que no apodo, poco común. Lenin se llamaba. Obviamente, no fue bautizado, debido a la no creencia en el más allá de sus padres. Murió pocos años más tarde, joven aún. Imagínese Colás, cuales fueron las circunstancias tan particulares, que debidas a su mácula, propiciaron su desaparición.
Mal está que los Jhonatan , las Jennifer y los Kevin de Jesús puedan quizás acabar siendo carne de cañón, pero al menos que nunca lo sean de fusil y paredón.
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