Música con cine
por Uno de la Redacción

MARTES 18 DE MAYO DE 2010 A LAS 17:40 HORAS
Opinión > Cultura
 
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PEDRO P. HINOJOS.
Hay películas que sólo se recuerdan por su música, aunque pocas veces se aprecia a sus autores. Se suele decir que los guionistas son los grandes olvidados en el circo del cine. Pero los músicos, perdidos en la tropa de fotógrafos, iluminadores y figurinistas, son invisibles. Las excepciones de esas pocas batutas salvadoras evidencian la magnitud de la injusticia que se comete con ellos.

Ahí está el anciano Ennio Morricone sin ir más lejos, pues acaban de darle el premio Polar, algo así como el Nobel de la música. Aunque la obra de este romano desborda en alud las composiciones para el cine, son sus bandas sonoras las que le han dado fama mundial. Y si bien el gran público le recuerda por sus westerns almerienses con Clint Eastwood mascando puros, en realidad sólo son un par de docenas entre el medio millar de películas a las que ha puesto compás incidental.

Desde Los intocables a Cinema Paradiso, pasando por Érase una vez en América, El Decameron o Inglorius Bastards. Cuentan que el realizador francés José Giovanni recurrió a él desesperado pocos días antes del estreno de su película Le Ruffian, que aún estaba por musicalizar. En un café parisino, mientras Giovanni le explicaba el argumento, Morricone tomó un boli y comenzó a escribir sobre el mantel. Cuando el director acabó de hablar, el músico arrancó la tela de la mesa, se la dio y le dijo: “Aquí está la música de su película".

De ésta nadie se acuerda, pero sí del que le puso orquesta, que además de su abrumadora laboriosidad, posee el rasgo esencial en casi cualquier genio: odia que le llamen genio y gasta mala leche a chorro. Los saben bien los periodistas, a los que fustiga con impertinencias. Menos cuando habla de La misión, una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. El viejo Morricone aún se enternece hablando de ella, como se estremece cualquiera que escucha En la tierra como en el cielo, la pieza introductoria que arropa la escalada del jesuita Jeremy Irons por una catarata del Iguazú: no hace falta ver las imágenes para sentirse en el paraíso. Pero no deja de ser una partitura de encargo para el cine. Quizá por eso Morricone confesó, al cumplir los 80 en 2008, que su pasión insatisfecha es “componer música".


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