Mortadela
por Uno de la Redacción

MARTES 25 DE MAYO DE 2010 A LAS 17:20 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

Un día de otoño de hace tres años el barrio de Pryconsa vivió una peculiar tarde de reyes. O de reinas. O casi. Sarah Ferguson, ex duquesa de York, ex mujer del príncipe Andrés, segundo en la línea de sucesión al trono de Inglaterra, llegó en una discreta cabalgata de vehículos oscuros hasta la impersonal barriada de torres de ladrillo que remata la Vía Complutense.

 

Venía a dar una charla en un local de estética sobre las bonanzas de una terapia de ayuda al adelgazamiento. Su melena pelirroja y su sonrisa campechana destacaron de inmediato sobre su sobrio traje de chaqueta gris marengo; y el vecindario que se arremolinaba en la acera a la espera de lo desconocido hizo corro enseguida en torno a ella. La ex duquesa estuvo de lo más amable y simpática con todos los que se acercaron a saludarla. Y lo fue aún más en su charla sobre el método para adelgazar. No se limitó a alabarlo sino que se puso ella mismo de ejemplo. Contó cómo había perdido veinte kilos siguiendo la terapia sin desviarse un milímetro. Cómo se veía de estupenda y cómo había ganado en autoestima. Y cómo estaba de agradecida a los españoles cuando salieron en su defensa (?) después de que la prensa amarilla de su país  la tomara con ella por su sobrepeso y la bautizará como “duquesa de Pork”.

 

A estas horas, la risueña Ferguson seguro que echa de menos aquella visita a ninguna parte en los tiempos en los que sólo era el hazmerreír de los tabloides. Éstos han atacado ahora su yugular tendiéndole una trampa de cámara oculta para poner a prueba su honradez y la ex duquesa ha engullido el anzuelo como recién salida de una dieta feroz. “Puedo abrir cualquier puerta que usted quiera que le abra. Andrés sabe que tiene que mantenerme porque no tengo dinero. Si usted quiere conocerle para su negocio, cuide de mí y él cuidará de usted. Le aseguro que logrará 10 veces el dinero que ponga". Este entrecomillado pertenece a la misma mujer que llenó de glamour azafrán el barrio de Pryconsa. Quién lo diría. La moraleja está servida: no somos nadie; como mucho, mortadela.


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