Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, provincia de Granada, 5 de junio de 1898 –Víznar, 19 de agosto de 1936)
“la cogida y la muerte
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Un ataúd con ruedas es la cama a las cinco de la tarde. Huesos y flautas suenan en su oído a las cinco de la tarde. El toro ya mugía por su frente a las cinco de la tarde. El cuarto se irisaba de agonía a las cinco de la tarde. A lo lejos ya viene la gangrena a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles a las cinco de la tarde. Las heridas quemaban como soles a las cinco de la tarde, y el gentío rompía las ventanas a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. ¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”
¿Arte o complicidad en el autoasesinato?
Esta es la duda que me asalta, cuando observo la plaza enfervorizada viendo como un toro cornea un torero, mientras éste le conduce a la muerte, en una danza macabra.
En su esperada reaparición en la plaza de Barcelona, tras librarse por los pelos de la muerte en Méjico, en plena crisis económica, se espera que las reventas eleven el precio de la entrada a los mil euros. Nadie quiere perderse la posibilidad de asistir en vivo, ser testigos del acontecimiento histórico: la muerte de un mito, hecho carne, del toreo.
Observando los resultados, es un arte cruel para satisfacción del animal que también llevamos dentro. Es una realidad que mueve emociones. La energía fluye o se apaga al compás que marque la tragedia en las furias que se encuentran.
Cada toro es un mundo. Sus reacciones sobre el ruedo son imprevisibles. Tras vivir libre en la dehesa, son las cinco de la tarde y toca rebelarse ante su soledad, esclavitud y muerte sobre la arena. Luchar hasta la muerte.
Cuanto más sincero es el toro más jaleado es, y la bestia se crece en su miedo en la tormenta de aplausos. Más brío en sus embestidas, más armonía en sus movimientos, más se arrima el torero a sus astas, más cerca la muerte ronda, más se funden los cuerpos del monstruo que amenaza y el torero que se libra de una cornada, por el espesor de la tela de una capa y la seda de su pernera.
“La gloria o la nada” parece que gritan algunos toreros cuando entran con la espada. Pierden la noción del espacio y del riesgo, dispuestos a pagar en sus carnes el daño que a su rival regalan.
Eso es lo que se espera de la fiesta de la muerte, desde los tiempos del circo romano.
Descubrir y proyectar las grandezas y las miserias de los espectadores al tiempo que las sangres riegan las arenas.
Si a los gladiadores caídos que habían luchado con bravura se les perdonaba la vida, si a los toros nobles y bravos se les devuelve a la dehesa tras curarles las heridas.
Antes de que pronto muera en la arena, yo indulto a José Tomás.
Me ha demostrado su absoluto desprecio a la vida cuando se trata de entregarse en cuerpo y alma en el rito de vida y muerte, de inmortalidad y fama.
También comprendo a los protectores de la vida y los animales que se escandalicen al saber que dos animales; uno homínido y otro bovino, se están matando entre el regocijo de cuantos miran, en el mejor de los casos; y en muchos, indiferencia. Comprendo perfectamente que se horroricen, incapaces de participar del arte instantáneo que en la danza surge si el toro quiere, el torero puede y el tiempo lo permite.
Uno de la muga
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