
PEDRO P. HINOJOS
Estamos gafados con Eurovisión. O quizá tenemos lo que merecemos. Todos menos el bizarro Daniel Diges. No se merecía el de Nueva Alcalá un espanto como el que padeció el sábado por la noche: un petardo con barretina le puso los pies sobre el cartón piedra de un festival que celebra la diversidad musical del Continente, aunque casi todos los participantes canten en inglés, y que glorifica la limpieza y la unidad de todos los pueblos, aunque los eslavos, balcánicos y nórdicos aprovechen para exhibir una fraternidad digna de mejor causa.
Lo más triste del caso es que el ridículo del sábado noche es proporcional a la seriedad con la que se tomaron Diges y su colorido cuadro de baile a lo Hans Christian Andersen el envite. Los chicos afrontaron su papel con la profesionalidad y el sentido artístico que se presume en una cita con todas las garantías de una lid de las buenas. Pero Eurovisión hace mucho que dejó de ser un acontecimiento noble. Tal es su deterioro, que hasta consiguió echar por tierra la fama de organizados y rigurosos de la que hacen gala los europeos del Norte.
¿Cómo es posible que se les colara un tipo así? ¿Qué hubieran dicho los recios nórdicos si el suceso se hubiera producido en estos pagos sureños de gente vaga y descuidada? Con el sombrerazo a nuestro paisano por su intachable actuación, no queda más que apelar a dos alternativas.
La primera es que España, esto es, Televisión Española, o sea, dinero público; mande al carajo al festival para que se lo merienden entre Moldavia, Azerbayán, Macedonia y sus primos.
La segunda es que se participe usando la versión ‘Chiki Chiki’, es decir, mandando al primer cómico que tengamos a mano para que estemos, de verdad, a la altura de lo que nos ofrece el festival. De este modo, no habrá temor a que los espontáneos revienten la interpretación, porque ya estarán sobre el escenario, y podremos partirnos la caja a gusto. Todos. |