Estos días pienso en mi hija y me viene a la cabeza esa canción de Joan Manuel Serrat del mismo título. Al contrario de lo que parece dar a entender la canción, mi temor no tiene nada que ver con el alejamiento, por otra parte inevitable, del hogar familiar de los hijos. Esto último en todo caso me produciría una cierta nostalgia pero no temor. No, esto es algo peor y más inquietante. Veamos.
Oigo por doquier que la etapa de prosperidad, crecimiento y bienestar que hemos vivido en estos últimos treinta años se acaba. Y que no volverá. Y que si acaso vuelve habrán de pasar muchos años. Tantos que nuestros hijos de ahora serán ya padres maduros e, incluso, abuelos. Es decir, que todo indica, o al menos así parecen sugerirlo estos comentarios, que con nosotros se van los últimos atisbos de ese mundo pacifico, dialogante, prospero y racional que acaso soñaron nuestros padres recién acabada la II Guerra Mundial.
En definitiva que nuestros vástagos, se viene a decir como corolario de todo lo anterior, nunca conocerán esa etapa dorada que habríamos vivido nosotros. No sólo no va a mejorar sino que, por el contrario, lo que viene (en realidad ya estaríamos en ello) es una época difícil, de sufrimiento y dificultades.
Y mientras oigo todos esos comentarios y opiniones, seguramente juiciosos y razonables, siento como si los estuviéramos echando de casa –a nuestros hijos–, como si los abandonáramos en medio del páramo, a merced del frío y las calamidades, víctimas de un destino imprevisible y azaroso contra el cual nada pueden hacer. Entonces sí, que van a hacer lejos de casa.
Al mismo tiempo que oigo esto, leo también como un reputado comentarista afirma que el gran problema de España, o al menos uno de los más relevantes, es el de la educación, y casi sin darme cuenta veo en la televisión que alguien ¿o es el mismo? también afamado y juicioso doctor afirma en un debate que el pacto por la educación es un dislate, para más tarde reafirmarse en la necesidad ineludible del mismo, no obstante advertir que él nunca lo firmaría.
Casi sin recuperarme afronto, no sin tristeza, el espectáculo de un presidente, el mío, de mi país, que abatido nos informa que esto se acaba porque nunca supieron cómo había empezado. Y acto seguido escucho el jefe de la oposición, el mío, de mi país, aquel que está destinado a ocupar un día el trono vacío de la nave a la deriva, decir que todo está muy mal, que todo va a seguir estando muy mal y que él prefiere que todo siga igual para que nos demos cuenta de que todo está muy mal —porque no lo sabemos– y para que así nos demos cuenta que toda la solución está en él, aunque sinceramente no sepa muy bien cómo solucionarlo.
Entonces vuelvo a pensar en Serrat, y en la canción, y en los hijos y en mí. Y me da por pensar que como es posible que lo estemos tirando todo por la borda de una forma tan inconsciente y tan burda, y si podremos reaccionar todavía, o si ya estamos en realidad tan alejados de nuestro país, de ese territorio de lucidez y humildad que era el nuestro, que no nos hemos dado cuenta de que ya hemos iniciado la temida travesía de desierto.
Y discúlpenme. Un día malo lo tiene cualquiera. |