Hay algo interesante en la vertiginosa manera de entender la política de Zapatero, similar a la de un jugador de dados compulsivo en el anochecer de un casino de Las Vegas. Confía en el destino, improvisa el lance, mira el tapete verde y cambia de posición esperando que esa extraña combinación de gestos subjetivos, de variaciones sobre el original, de rituales escénicos; obre el milagro y reviente a la banca.
Como el protagonista de Rojo y Negro, el Julien Sorel de la política del momento se ha dejado la piel en obtener el reconocimiento ajeno negado de antemano al hijo de un modesto carpintero con una estrategia tan fútil como práctica: decir siempre lo que el otro quiere oír. Si la novela de Stendhal es ante todo un vademécum atemporal sobre la hipocresía, el Gobierno del presidente ha sido ante todo una ceremonia de la confusión gloriosa que ha topado, al fin, con los muros de la realidad: no había dados, ni dinero a apostar, y en los controles de acceso al recinto de juego pitaban las alarmas de la morosidad antes siquiera de intentar la primera apuesta.
Pero hete aquí que, en ese momento de desvanecimiento, cuando todas las vergüenzas han sido expuestas en público y el oriundo de la gleba exhibe los tomates de sus calcetines blancos, surge la mejor versión del falsario en la peor de las circunstancias: derribada la pose, acabada la fantasía de que todo el mundo puede ser aristócrata proceda de donde proceda; al hijo del carpintero no le queda otra que empezar a hacer muebles.
El Zapatero que prometía el pleno empleo -"y dos huevos duros"-; el presidente que vivía y hacía vivir una eterna Noche en la Ópera; el líder cósmico que iba a acabar con el terrorismo; el estadista que lograría cristalizar el viejo axioma guerrista para que a España no la conociera ni la madre que la parió; de repente se transformaba en el emperador desnudo y, a diferencia del protagonista del cuento, aprovechaba la circunstancia para empezar a reinar en la tierra.
Seguramente este presidente decepciona a los suyos como nunca; es probable que lo más coherente fuera disolver las Cortes y convocar Elecciones que le evitaran hacer lo que no sabe o quiere hacer al objeto de que, en un escenario de previsible derrota, al menos lo hiciera otro. Pero aunque esas contradicciones son en el mejor de los casos un respetable acto de contricción y en el peor un síntoma más de liviandad; en todos merecen un respeto. Al final, la única gran revolución de José Luis Rodríguez Zapatero va a ser la más evidente de sus funciones primigenias desechadas: gobernar, un poco.