
PEDRO P. HINOJOS
Zidane dijo que era un disparate ficharle por 13.800 millones de pesetas. Cristiano Ronaldo, en cambio, estaba de lo más conforme con los 93 millones de euros que pagaron por él. Los dos tenían razón. Y los dos, además, han cobrado hasta el último céntimo.
Porque hasta el descreído Zizou, el mismo crack tímido y huidizo que un día cualquiera se presentó de incógnito en el barrio de Los Nogales para jugar a la petanca como parte de un reportaje de la televisión francesa, no perdonó en su contrato.
Es el sino de estos afortunados mártires de la oferta y la demanda. Las estrellas del fútbol, como los actores, cantantes o showmans planetarios, provocan movimientos de multitudes que les convierten en multinacionales andantes con facturaciones del tamaño del PIB de muchos países en vías de desarrollo. Ni siquiera tienen por qué dar explicaciones por seguir forrándose mientras la economía global se hunde y la pobreza comienza a extenderse por el segundo tercio de la humanidad.
¿Qué tendrá que ver todo eso con los chicos de La Roja, colocados ahora en el punto de mira por agenciarse una hoja de ruta de incentivos millonarios si van quemando eliminatorias en el Mundial de Sudáfrica? A los futbolistas se les pide responsabilidad moral. Pero eso es porque son más conocidos que nadie. Al próspero consejero de una caja de ahorros ahogada por las deudas que no se salta dieta ni coche oficial o al potentado eurodiputado sin obra, oficio y beneficio que sestea entre las brumas del Canal de la Mancha, nadie le echa en cara su oficializado saqueo de los fondos públicos a manos llenas. Ya se ocupan ellos de que su rostro quede bien oculto. Los futbolistas, como cualquier deportista de élite, son los nuevos héroes; ídolos modernos de carreras por un estadio, peinado brillante y tatuaje imposible.
¿Y de qué y desde cuándo deben dar ejemplo unos individuo así, alejados de cualquier dimensión real? La elección es fácil: el que no les trague, que le dé la espalda. Y que les adore su prima. |