Algunas veces la vida nos pone a prueba. El reparto de canales digitales en Madrid te deja moverte liberalmente por un espectro ideológico que pasa del azul al ultravioleta. Soy el menos indicado para criticar estos espacios, pues soy un consumidor compulsivo de los mismos –siempre y cuando tenga cerca algún palo para morder– y los considero mucho menos reaccionarios que ver a famosos en tetas o tirándose de los pelos por cuatro billetes de 500. Prefiero que me traten como a un requeté a que me consideren un animal de bellota. A mi edad ya me he dado cuenta de que por el precio que tienen los contenidos de la tele no se puede aspirar a mucho más.
Dicho lo cual –y mientras esperamos que resucite Gutiérrez Mellado para ponerse en jarras ante este badulaque de antiabortistas intermitentes, súbitos temerosos de Afganistán y defensores por fin de los trabajadores– tengo que mostrar mi admiración por ese estajanovismo extremo que practica tanto tertuliano liberal. No hay medio conservador, sea periódico, radio o gorrilla, que no tenga tele digital ya. Y ahí lanzan a sus huestes, que antes escribían para unos y charlaban para otros y ahora se ven forzados a disertar para ambos ante una cámara fija sin dejar su anterior trabajo. Llegan a casa los pobres sin espumarajosque soltar porque el cafre del presidente que tenemos los agota hasta en sueños. La audiencia anda fragmentada y veo a periodistas saltar de pachanga televisiva a un programa de radio emitido por el canal vecino sudando los camachos sin cambiarse de camisa, pero entre tantos sapos y culebras reina una hermandad que les hace olvidar que son competencia. Rajoy dijo que se había roto la familia, pero ahora me doy cuenta que se está formando una comuna interesante que puede acabar en cama redonda davidiana: dame lo tuyo, toma lo mío.
En los medios de la izquierda no sabe divertirse y todavía les dura el ataque de cuernos. Pero en ese Woodstok pepero que se han montado pillaría cacho hasta el general Mola. ¡Mazo!