Shakespeare
por Vicente A. Serrano

JUEVES 17 DE JUNIO DE 2010 A LAS 18:35 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Como enigmáticos y atrabiliarios personajes arrancados de las páginas de una novela gótica se nos presentan Charles y Mary Lamb, aquellos hermanos a los que un editor de literatura infantil les encargó la tarea, a comienzos del siglo XIX, de transformar en cuentos para niños las principales obras de William Shakespeare. Por aquel tiempo Charles Lamb ya era reconocido como brillante ensayista y también como sensible poeta, aunque tal vez algo desdibujado por la fuerza que irradiaban a su alrededor las figuras de Coleridge, Wordsworth y Shelley. Sin embargo tanto él como su hermana habían pasado por graves y penosos periodos de enfermedades mentales. En 1795 Charles estuvo ingresado en un hospital psiquiátrico y un año más tarde Mary, provocada por un ataque de locura clavó un cuchillo de cocina en el corazón de su madre. Cuando cuatro años después Charles logró la libertad de su hermana, decidieron compartir una casa en el centro de Londres, allí escribieron los Cuentos basados en el teatro de Shakespeare. Él se hizo cargo de las tragedias y ella de la adaptación de las comedias. El libro se publicó en 1809, con un éxito insólito a pesar de la crudeza de los temas, en principio no muy indicados para un público infantil y tampoco muy admisibles para la rígida moral victoriana de la época. Desde entonces las ediciones se han sucedido ininterrumpidamente en todas las épocas y en todos los idiomas. Fue así como uno de los mayores genios de la literatura occidental se introducía en el imaginario de los niños, de la mano de estos dos insólitos hermanos que realmente parecían personajes shakesperianos, trasladados caprichosamente de siglo.

De la narración a los escenarios
Conservo una edición de aquellos Cuentos, publicada en 1960 por la legendaria editorial Ramón Sopena, famosa entonces por sus diccionarios populares, pero también conocida por su generosa ‘Biblioteca Sopena’, libros de severa austeridad, de letra tan minúscula que hoy me hacen dudar cómo pudimos leer en ellos a Tolstoi, Kipling, Daudet, Mark Twain, Víctor Hugo y otros muchos autores que nos iniciaron en la pasión por la literatura. En sus páginas apretadas, amarillentas y con la fragilidad que le impone el tiempo al papel de escasa calidad, se contienen los dieciséis relatos que adaptaron los hermanos Lamb. Allí descubrí a Otelo con su corazón de niño que arrebatado por los celos, se convierte en una fiera indomable. Al patético Rey Lear ya sin cetro ni corona, aferrado al brazo de su bufón buscando dónde se esconde el posible amor de sus hijas. Al vengativo Shylock, cegado por su obsesión. Al ambicioso Macbeth observando atónito como el bosque de Birnam comienza a moverse. Las luchas pandilleras de Montescos y Capuletos y sobre todo a ese Hamlet con su espíritu roído por el odio hacia los asesinos de su padre. Todo un abundante y enriquecedor catálogo de caracteres a los que años más tarde reencontraría encima de los escenarios.

De héroes de papel a personajes corpóreos
Todavía una representación teatral, encerrada en su elementalidad y su carácter sencillo y sobre todo poético; consigue alcanzar en muchas ocasiones la fuerza del pensamiento y los sentimientos de vida, por medio de la palabra, escrita para ser pronunciada en voz alta. Por eso el teatro constituye uno de los grandes logros que el hombre ha podido crear, soñar e imaginar y Shakespeare es, sin lugar a dudas, el más genial artífice de todos los tiempos. En cierta ocasión un monstruo de la escena, no recuerdo si fue Strehler o Peter Brook, afirmó: “Montamos a Shakespeare para saber de qué está hecho el teatro". A lo que habría que añadir, que se mantiene el empeño de seguir representando a Shakespeare para saber de qué materia estamos hechos los seres humanos porque en sus treinta y tantas obras está contenido el hombre en su totalidad. Aún cada temporada, muchos directores y actores se empeñan en destapar, con mayor o menor fortuna, facetas de esa invención de lo humano a través de lo más profundo de las pasiones: amor, ambición, locura, celos, traición, venganza, desesperación, sueños, conocimiento... Todo está contenido en Shakespeare y corresponde al actor lograr estremecernos desde el escenario, ya que su arriesgada pero atractiva misión consiste en convertirnos aquellos héroes de papel de los relatos infantiles, en personajes corpóreos que continuamente nos devuelvan a la duda.

De Tomasi di Lampedusa a Harold Bloom
El enigmático autor de la novela El gatopardo, tan impregnada de aliento shakesperiano mantuvo durante dos años, en su Sicilia natal, un insólito curso de literatura inglesa para un solo alumno, su sobrino adoptado Francesco Orlando. Al igual que su única y magistral novela, aquel curso aparecería póstumamente. En dos volúmenes de cerca de mil páginas lo publicaba en 1990 la editorial Mondadori con el título de Letteratura inglese. El pasado año la editorial Nortesur publicaba en castellano el capítulo ‘Shakespeare’ en una exquisita edición de apenas cien páginas. Un texto de una lucidez extrema y de una divertida mordacidad donde expone su más sincero criterio personal sobre todas y cada una de las obras teatrales del genio inglés, a la vez que lleva a cabo también un extenso análisis de sus Sonetos, muchos de ellos, convertidos en enigmática clave para descubrir la encubierta personalidad de aquel hacedor de caracteres. Con el sugestivo título de Shakespeare, la invención de lo humano, el controvertido crítico y profesor norteamericano Harold Bloom publicó hace unos años en la editorial Anagrama, un contundente volumen conteniendo el resultado de sus clases, ya que confiesa haber dedicado toda una vida a leer, enseñar y escribir sobre Shakespeare. De cada una de sus tragedias y comedias, lleva a cabo una minuciosísima disección. Leer a Shakespeare y sobre Shakespeare supone todo un atractivo ejercicio para indagar en la significación del ser humano. Asistir a las representaciones de sus obras supone un reencuentro afortunado con el teatro a través de su mayor creador.

La recomendación: Las traducciones
Desde Moratín y Menéndez Pelayo hasta nuestros días se han sucedido un gran número de traducciones al castellano del maestro inglés, con todas las dificultades que entraña cualquier traslación a otro idioma y más en el caso de la poética shakesperiana. Durante años se ha venido manejando la esforzada edición de las Obras Completas que Astrana Marín preparó para aquella colección en piel y dos columnas en papel biblia que editaba Aguilar. En Austral se han publicado las excelentes traducciones de Ángel Pujante y en la editorial Cátedra se han integrado muchas de las traducciones que el profesor Manuel Ángel Conejero prepara con todo rigor para la Fundación Shakespeare de Valencia. En cuanto a los Sonetos existe una genial traducción de Agustín García Calvo publicada por Anagrama.


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