Biografía de Robert Longstride
por Fernando Couto

VIERNES 25 DE JUNIO DE 2010 A LAS 19:17 HORAS
Opinión > Política
 
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Después de la exitosa Gladiator (2000), Ridley Scott y Russell Crowe han trabajado juntos en cuatro películas más. La mejor de ellas es American Gangster. La más reciente es Robin Hood, nueva versión de un mito tratado con recurrencia por el cine. Desde el Robín de los bosques mudo de 1922 dirigido por Allan Dwan y encarnado por el dinámico y valeroso Douglas Fairbanks, hasta el Robín Hood, príncipe de los ladrones de 1991 protagonizado por Kevin Costner en su momento de máximo esplendor, pasando por el Robin Hood animado de la Disney de 1973, hay dos obras que sobresalen tanto por su calidad como por su poder para moldear de forma duradera la visión del fabuloso personaje, que tanto debe al escritor decimonónico Walter Scott. Se trata por supuesto del Robin de los bosques (1938) que dirigieron Michael Curtiz y William Keighley a mayor gloria del brioso y gallardo Errol Flynn y del Robin y Marian (1976) de Richard Lester con el pesaroso y fatigado Sean Connery. Ambas películas además muestran la evolución tanto de la biografía ficticia del bandido que robaba a los ricos para repartir con los pobres como del modo en el que el cine ha reflejado el transcurrir del siglo XX. En la primera el héroe es un adulto joven y activo que lucha por la justicia y en la segunda es un veterano de mediana edad con certeza sólo de las atrocidades vistas y de las oportunidades perdidas. En un mundo ideal habría que tener la suerte de ver Robin de los bosques por primera vez de niño y ver Robin y Marian por primera vez de adulto.

 

Ahora Scott utiliza una estructura similar a la de Gladiator, historia que también estaba relacionada con hechos reales y antiguos. Al principio hay una batalla recreada con minuciosidad sanguinolenta y embarrada, esta vez el asedio a un castillo en Francia; después una huida del protagonista hacia su refugio privado y finalmente un enfrentamiento con el malvado soberano que ha pervertido una forma de gobierno más equilibrada. Como en Gladiator la primera parte es la más destacable. Dado que el director tiene un dominio absoluto de su oficio, los combates se pueden seguir perfectamente sin perder la orientación; nada de cámaras espasmódicas ni montaje desquiciado de planos de dos segundos para dar sensación de movimiento y acción. La readaptación a la vida civil tras el retorno a Nottingham resulta algo morosa y la lucha final contra el desembarco francés es disparatada cinematográfica, militar e históricamente. Sin estar mal, tampoco engrandecen la película los villanos: Oscar Isaac, como rey Juan, y Mark Strong, como Godfrey; éste acaba con más costurones que Gerard Piqué y es tan malvado, tan malvado que hasta habla en francés. La inevitable comparación con el elegante Claude Rains y el avieso Basil Rathbone de la versión de 1938 o con el afectado Ian Holm, el feroz Robert Shaw y el altivo Richard Harris de la de 1976 tampoco les favorece. Una prueba de lo que habían cambiado los tiempos entre 1938 y 1976 es que Harris interpreta al rey Ricardo Corazón de León, que ya no es como en Robin de los bosques el justo benefactor que pone fin a los abusos de su hermano usurpador sino un tarugo vano y cruel que ha causado su propia ruina y la de sus estados. Como curiosidad local se puede mencionar que en Robin y Marian, rodada en parte en España, Victoria Abril era la esposa adolescente de Juan Sin Tierra.  

 

A pesar de que Scott dirigió una de las mejores cintas imaginables de espadachines (Los duelistas), los combates con espada en Robin Hood parecen más trámites gimnásticos que dramas coreográficos o acrobáticos por lo que la comparación de nuevo perjudica a la obra más reciente.

 

Del guión de Brian Helgeland llama la atención que defina al inglés modélico como: "valiente, honrado e ingenuo."http://waynerooneyonline.com/photos/wayne-rooney-world-cup-2010 ¿Quién no querría verse así? Sobre el posible rigor histórico de este tipo de producciones es como si dentro de 800 años, que es más o menos el tiempo que nos separa del reinado de Juan I, alguien lo esperase de un video/holo/implante -juego que cuente cómo el equipo nacional de África, entrenado por Fela Kuti, secundado por Tony Allen, y con Nelson Mandela, Michael Jordan y Usain Bolt en el once titular, ganó el Mundial de Fútbol de 2010 y así acabó con la esclavitud.

 

Grados de separación. El denso y apasionante libro de Richard Cohen Blandir la espada. Historia de los gladiadores, mosqueteros, samurái, espadachines y campeones olímpicos dedica un capítulo ameno, informativo y sentido a los espadachines de cine. Aparecen las exuberantes proezas de Douglas Fairbanks, la pericia de Basil Rathbone, el convincente descaro de Errol Flynn y el entusiasmo de Gene Kelly. Se resalta la importancia para la puesta en escena de las secuencias de duelos durante la era dorada de los estudios de los maestros de esgrima belgas Fred Cavens (El capitán Blood, Robin de los bosques) y Jean Heremans (Los tres mosqueteros, El prisionero de Zenda, Scaramouche). O, en épocas posteriores del inglés Bob Anderson (Barry Lyndon, El imperio contraataca, La princesa prometida, El señor de los anillos) y del australiano William Hobbs (Los duelistas, Las amistades peligrosas). En la era digital de Tigre y dragón y de Matrix (en ambas aparece acreditado como coreógrafo de acción o de kung-fu Woo-Ping Yuen) siguen teniendo vigencia las palabras de Cavens respecto al ideal en los combates cinematográficos: "...la representación entera dejará una impresión de fuerza, destreza y sobre todo de elegancia."   


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