Cualquier adulto medio sabe que el hombre del saco es una quimera, una figura con la que asustar a los niños bajo la amenaza de un malvado que se esconde en el armario pertrechado con una bolsa de esparto, dispuesto a llenarla con los pequeños escolares que peor se porten. ¿Se imaginan una manifestación de personas reclamando mayores inversiones por parte de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para proteger a los niños del hombre del saco? No tendría sentido. Un adulto informado (e incluso un niño con un mínimo de sentido crítico) sabe que ese peligro es inexistente.
Con los residuos nucleares sucede lo contrario. Existe una gran desinformación en torno a lo que son y los efectos que pueden producir en la salud y el medio ambiente. En consecuencia, en los últimos días no han sido pocas las iniciativas para protestar por los presuntos peligros que conlleva la instalación de un Almacén Temporal Centralizado de residuos radiactivos (ATC), ya saben, el denominado cementerio nuclear. ¿Pero hay motivos reales para la alarma? La realidad es que no es así, y que un residuo nuclear bien gestionado y localizado es tan peligroso como el hombre del saco, es decir, que no tenemos de qué preocuparnos. Puede que mucha gente se eche las manos a la cabeza ante esta afirmación, o que piense que es una locura. Sin embargo, hágase una pregunta: ¿sabe usted lo que es un residuo nuclear? O mejor aún, ¿la saben quienes se oponen por decreto a la instalación de un ATC?
Vayamos por partes. La primera: una central nuclear no es más que un potente generador eléctrico que funciona a vapor. Sí, sí, a vapor, solo que en lugar de utilizar madera, carbón u otros combustibles inflamables para calentar el agua, se aprovecha de la eficiencia de la fisión nuclear. Para poner en marcha un reactor nuclear se necesitan unas cápsulas cerámicas de uranio. Estas cápsulas, de pequeño tamaño, se disponen en unas largas varillas de circonio de más de tres metros de longitud, pero de un diámetro no superior al dedo gordo de la mano. Y son estas varillas las que se insertan en el reactor nuclear para que uranio comience el proceso de fisión que libera energía, hace hervir el agua y mueve una turbina. Durante este proceso, las cápsulas de uranio atrapan neutrones y empiezan a volverse cada vez menos eficientes, por lo que es preciso sustituirlas por otras nuevas. Y es aquí donde comienza el proceso de gestión del residuo nuclear.
El uranio sustituido sí es altamente radiactivo debido a los procesos de fisión a los que se ha visto sometido. ¿Y qué se hace con él? Primeramente se encofra en acero, para mantenerlo sellado y a salvo de posibles emisiones de radiación, y se sumerge en unas piscinas situadas dentro de las propias centrales nucleares. Usted podría bañarse perfectamente en estas piscinas sin temor a ser contaminado. De hecho, continuamente se realizan mediciones y análisis del agua en el que están ubicados estos cofres de acero. Pero sucede que la capacidad de estas piscinas es limitada y, cuando están llenas, llega el momento de pensar qué hacer con los residuos. En algunos países, como Francia o Japón, se reciclan, ya que más del 90 por ciento del material que contienen las cápsulas que han sido sustituidas sigue siendo uranio. Pero este proceso es costoso y resulta más caro que adquirir uranio nuevo. Entonces surgen otras iniciativas, como la de crear un Almacén Temporal Centralizado donde llevar y gestionar convenientemente estos residuos, en espera de una posterior reutilización o de su confinamiento definitivo.
¿Existe peligro de contaminación radiactiva para las poblaciones que instalen en su término municipal uno de estos almacenes? La respuesta es un no rotundo. Cuando se sacan los cofres de acero de las piscinas son sellados con una placa de vidrio y recubiertos nuevamente de acero. Y para garantizar aún más la detención de posibles radiaciones desde su interior, son confinados en un bloque de hormigón de más de un metro de espesor. De los tres tipos de radiactividad existentes (alfa, beta y gamma), no existe modo alguno de superar estas barreras y escapar al exterior.
Por si esto fuera poco, esos bloques de hormigón son transportados en gigantescos baúles que han sido testados y homologados para soportar ataques de misiles y minas antitanque. Y en esto consiste un residuo nuclear: en un bloque de hormigón perfectamente gestionado y con totales garantías de seguridad. Y para quien siga dudando de ello, basta con echar un vistazo al número de trabajadores que han sufrido algún tipo de contaminación radiactiva en los más de 40 años que España lleva utilizando centrales nucleares: cero. Contrariamente a la opinión generalizada, la industria nuclear es limpia y segura, y permite una gestión eficiente y controlada de los residuos que genera. Por el contrario, ¿pueden las plantas de generación de energía a partir de carbón y petróleo decir lo mismo? ¿Qué sucede con las toneladas de partículas tóxicas y CO2 que emiten a la atmósfera cada año y que demuestran ser altamente cancerígenas? |