Es difícil trasladar el deporte a la política sin caer en el brochazo. Pero quienes más lo han hecho, en realidad, han sido quienes negaban esa vinculación para presentarla a su manera: la victoria en el Mundial, el pálpito popular generalizado, el despliegue de camisetas y banderas hasta en las calles más remisas a la simbología nacional es, a su juicio, un ejemplo de la España plural, global, diversa y transversal. "El gol de todos", dicen, como si no lo hubiera sido hasta ahora por quienes siempre lo hemos celebrado o por quienes querían hacerlo pero alguien, pequeño pero magnificado, decía que hacerlo era pecado.
Es de todos, claro, pero de esa frase lo sustantivo es España: esto es, sí hay una relación sociológica entre el éxito del equipo y la sensación urbana de pertenencia a un mismo país. El resto es bisutería retórica para no reconocer lo obvio: que sólo el fútbol ha derribado los complejos históricos inducidos por la política para celebrar, reconocer o asumir la inobjetable evidencia de que los españoles existen y que serlo no produce ceguera. Tal ha sido, como en los viejos tiempos de la mitología sexual del clero sobre la masturbación púber, el mensaje predominante.
La victoria de Casillas y compañía es, amén una derrota de la política en vigor, la que separa lo que está unido, la que tiene miedo a la coincidencia, la que inventa nombres para no llamar a las cosas por su nombre y la que transforma el imprescindible repeto a la minoría en un sistemático chantaje a la mayoría.
No hay que ponerle adjetivos a lo español, ni tampoco aumentativos para mitificar un hecho tan involuntario como nacer en un sitio o diminutivos para no ofender demasiado a quienes nacieron sin querer en ese sitio: es un hecho, sin más, que cuando no se discute, derriba barreras y permite que la mezcla de talento y trabajo ofrezca un resultado cuantificable.
El gol de Iniesta, la elegancia de Xavi, el orgullo de Iker, las greñas de Pujol, la mirada de Alonso y las carreras de Ramos han hecho más por normalizar una idea razonable de España que 30 años de democracia y han logrado imponer la receta lógica del gazpacho: por muy plural que sea, hay más tomate que pepino.

No hay país más variado que Estados Unidos, una amalgama gigante de razas, religiones e idiomas; pero no lo hay tampoco más convencido de lo que es. Y luego ya, a partir de ahí, discutamos de lo que sea: más que Breda, la batalla de Sudáfrica fue nuestra revolución de los claveles.
Aunque sólo sea por la de capullos que viven de la Guerra Civil, de amputar el placer y el dolor de tener una anatomía congénita determinada, de anteponer la diferencia a la equivalencia o de separar con bisturí lo que vino unido de fábrica que, en adelante, tendrán un poco más difícil ejercer de tales.
Posdata. El beso de Iker Casillas en directo a Sara Carbonero también es España: otra oda contra la carcundia en cualquier latitud política, profesional o geográfica. |