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El Debate sobre el Estado de la Nación concluyó ayer sin que se despejaran las grandes dudas y los negros nubarrones que atenazan el horizonte político y económico de nuestro país. Ni la corriente eufórica de sintonía y unidad nacional que había provocado la conquista del Mundial de fútbol por la selección, ha modificado la línea que se veía venir: el Gobierno sigue apelando al consenso y a las reformas, pero en realidad sólo desea adhesiones inquebrantables; la oposición del PP cumple el expediente reclamando elecciones anticipadas sin desvelar ninguna alternativa concreta; y los partidos nacionalistas se limitan a esperar, sabiendo que el delicado equilibrio del Ejecutivo les da siempre ventaja en las negociaciones y pactos.
En esta tesitura, sólo las consecuencias que el deterioro económico y laboral provoquen en la vida ciudadana pueden contribuir a variar el monolítico panorama político que ha revelado el desalentador debate de los dos últimos días. Alcanzar una situación límite, en definitiva, es la única esperanza de que los partidos y los representantes públicos abandonen sus posturas sectarias e interesadas. Pero eso no es ningún consuelo. La política es un medio para buscar soluciones y transformar la sociedad. Y no un fin gremial. Cuidado con abusar de esa aberración. Los resultados pueden ser impredecibles.
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