Hace exactamente seis meses, José Blanco comenzó la operación de derribo de Tomás Gómez, pero se chocó con un muro que ahora ha caido, y con estrépito: fue entonces cuando el todopoderoso vicesecretario general y ministro de Fomento se dirigió sutilmente a Zapatero y le sugirió la necesidad de cambiar de cabeza de cartel en las elecciones Municipales y Autonómicas para Madrid.
Pero entonces no recibió ningún mensaje que le hiciera pensar que se saldría con la suya... ni ninguno que le hiciera desistir del intento. Y en ello anduvo hasta ahora: una mueca de satisfacción ha debido asaltarle al comprobar que el pretérito recelo de "José Luis" es ahora una convicción profunda y con motivaciones extra: en la negativa de Tomás Gómez, siempre solícito hasta entonces, el presidente del Gobierno y secretario general ha intuido un motín que puede correr como la pólvora ahora que las encuestas le son desfavorables. Y eso no está dispuesto a consentirlo.

Porque en el cisma de Madrid tiene tanto que ver el anhelo electoral como el posicionamiento de las distintas familias en un escenario de derrota en La Moncloa: si eso pasa y Rajoy llega a la presidencia pese a despertar tan poco entusiasmo como un plato de acelgas cocidas, situarse en las federaciones es una cuestión casi de vida o muerte. Al dejar el Gobierno, en fin, hay que buscarse las lentejas en otras administraciones e instituciones, y poder colar a los amigos en distintas listas es clave para la manutención futura y, en consecuencia, para influir en la sucesión del líder llegado el caso.
Eso lo sabe Blanco, y con él muchos de los socialistas madrileños que ayudaron -y de qué manera- al propio Zapatero a derrotar a Bono en el ínclito congreso de las Primarias. En otros, ésos que aceptaron a regañadientes pero con pulcritud pública ceder los trastos al mismo Tomás Gómez que aceptó el dedazo que ahora rechaza de Ferraz y que ahora, enre bambalinas, se preparan para movilizar a los suyos en caso de Primarias: los Simancas (íntimo de Blanco, víctima del tamayazo de quienes se sentían ungidos por Zapatero para toserle cuando iba a ser investido presidente), Ruth Porta y compañía, bien asentados en el aparato madrileño y capaces, aún hoy en día, de movilizar a no pocas Agrupaciones renuentes al ex alcalde de Parla que estaban esperando desde hace meses el toque de campana.
La lucha va a ser a deguello, y no hay que descartar que termine como la historia del Rey Pyrros, que ganó la batalla, sí, pero a costa de perder tantos soldados como el adversario: el PSOE madrileño puede quedar, con Tomás o con Trinidad, con el señor Gómez o la señora Jiménez, para el arrastre de nuevo.
Y que nadie espere juego limpio: el trato que un conocido periódico presuntamente progresista ha dedicado a Joaquín Leguina por respaldar a Tomás Gómez lo dice todo al respecto de qué armas están dispuestos a utilizar unos y otros en este duelo: presentarle como colaborador de Esperanza Aguirre, convertir su retribución como ex presidente en una prueba de su sometimiento al PP y dudar de su condición de socialista es, amén de repugnante, indiciario de cómo se las van a gastar.
Mucha conversación de barra va a haber en estos días, en fin, y allá estará este modesto camarero camuflado para contárselo. |