Hay algo insoportable, en la política: no tanto el error, humano o animal, cuanto la mentira, porcina siempre. Pocos políticos roban a pesar de la mala fama, pero menos aún dicen la verdad, en esa versión imperfecta pero decente que nace de la honestidad: les pasa con el engaño un poco como al protagonista de Días de radio de Woody Allen con la violencia. "Mis padres no solían pegarme; sólo lo hicieron una vez: empezaron en febrero de 1940 y terminaron en marzo de 1943".
Blanco dice que hay que subir los impuestos, ahora, pero arguye que es para equiparar los servicios españoles con los del resto de Europa. Y no boquea ni tose ni carraspea. Trinidad Jiménez se presenta a las Primarias jurando por Snoopy que lo ha decidido ella sola, aunque todo el mundo vea la mano de Zapatero por debajo de la camiseta y escuche nítidamente el ejercicio de ventriloquia.
Rajoy se marcha de vacaciones un mes y se graba a sí mismo sin cinturón afirmando, sin parpadeo, que va a estar trabajando como un mulo de carga, entre frutos de las rías gallegas, siestas de dos horas y reuniones incesantes con cefalópodos cocidos en tres sustos.
Para encontrar un político sincero hay que esperar que se deje abierto un micrófono, se calce tres copas de vino o le pillen en la boda de la niña: torpes, bebidos y de fiesta, así les queremos, pues.
Posdata. El Mundo publicaba el domingo la inenarrable vida deportiva de Tomás Gómez: cuatro veces por semana dedica 105 minutos al gimnasio. Además nada y monta en bicicleta. Dice dormir sólo cuatro horas por noche, pero todas las actividades citadas son diurnas. La pregunta no puede ser otra: Oiga, ¿y usted cuándo trabaja?
El célebre monólogo de Allen en Annie Hall, mirando a la cámara, sin cinturón