PEDRO P. HINOJOS
No se sabe de ninguna playa británica o escandinava en la que se hayan esparcido toneladas de arena blanca, entibiado el agua y la brisa con potentes calefactores y adornado el paisaje con pinos, palmeras y chiringuitos de cañas.
Trasladar el paisaje mediterráneo a las costas nórdicas con mañas artificiales no es una idea que haya calado entre los emprendedores del ocio, pero cualquier cosa es posible. Que nos lo digan a los españoles, empeñados de unos años a esta parte en trasladar las praderas verdes a la España seca para que los aficionados al golf puedan disfrutar de su pasatiempo favorito. El afán que le ha faltado a los bárbaros del norte, ha sobrado por aquí, hasta el punto de transformar la Costa del Sol o el árido litoral murciano, en trasuntos de los páramos escoceses, barridos por el levante impenitente y achicharrados por un sol de injusticia.
El esfuerzo tenaz por convertir nuestros secarrales en alfombras de césped se ha extendido también a la meseta, y aquí mismo, camino de Guadalajara, está verdeando ya el green de los campos del Encín; esos que hace un año se postulaban para albergar la Ryder Cup, algo así como el Mundial del golf, hasta que la Comunidad de Madrid se llevó la candidatura a otra parte. Como no se dieron explicaciones de lo primero, tampoco se ofrecieron de lo segundo. Pero el discurso oficial sobre la promoción de los campos de golf continúa siendo el mismo: atraen turismo, generan riqueza y responden a una demanda ciudadana.
Así será, aunque no veamos a los niños en los parques y las plazas darle con palos a una bolita ni a turistas acarreando con bolsas repletas de hierros por nuestras calles. Sí se ve, en cambio, que esos campos encajonados entre las vías del tren y el tráfico de la A-2 se están regando con agua a manta al calor tórrido de la media tarde, hora prohibida según todas las campañas de ahorro de líquido elemento, aunque éste sea reciclado, como se jura y perjura. Debe ser que, también en cuestión de riego, estamos copiando la hora de Glasgow. |