|
La participación española en la misión internacional de Afganistán volvió a teñirse ayer de sangre con el asesinato de dos guardias civiles que se dedicaban a instruir a los futuros policías afganos. Habíamos perdido a compatriotas en accidentes, emboscadas y atentados directos, pero lo sucedido en la base española de Qala-i-Naw supone una macabra vuelta de tuerca: el terrorista que mató a tiros a los dos guardias era el chófer y hombre de confianza de uno de ellos; y cuando fue abatido por los demás agentes, la población se concentró a las puertas del recinto y la emprendió a pedradas con nuestras tropas.
Hace ya tiempo que dejó de valer la cantinela de que el Ejército y las Fuerzas de Seguridad españolas están en Afganistán como parte de una misión de paz. Y lo ocurrido ayer con dos de nuestros compatriotas ilustra a la perfección cuán dolorosa e inútil está siendo nuestra presencia allí. Convendría, por consiguiente, que el Gobierno comenzará a hablar sin rodeos ni camuflajes sobre las razones reales por las que deben seguir nuestros efectivos militares en un territorio tan hostil. Es evidente que los afganos no tienen ningún interés por la democracia, por la reconstrucción o por los hábitos de convivencia que ofrecen los occidentales. Y no se libra una guerra sin cuartel contra un enemigo tan tenaz y brutal si no se espera una recompensa más allá del brillo de la libertad y el humanismo.
|