ALONSO GUERRERO
Lipovetsky, allá por los 80, anunció que los cambios sociales empezaban a barruntarse en el nuevo individualismo del hombre posmoderno. El tipo que hacía footing con el Sony Walkman en la oreja no estaba disfrutando de la soleada mañana dominical. Cruzaba borrascas de Sigue Sigue Sputnik, igual que ahora mira los abismos de Coldplay que se ha bajado al iPod. Ese tipo que atraviesa un desierto escapista jamás se unirá a otros para protestar contra la subida del pan, la luz o la gasolina. Para él, el verdadero lujo es no ir a manifestaciones. Pagará más por el silencio que por el ruido. Nos han hecho así: deudores de cosas que, si no se encuentran en la realidad, habrá que buscarlas en lo virtual, que es como ahora se llama a lo que no existe, pero nos pertenece como si existiera. Vivimos rodeados de ámbitos tan falsos e inútiles como un título de ESO.
Este nuevo individualismo ha sido el caldo de cultivo para fabricar el actual hombre sin visión, conformista hasta el misticismo, que cree que las opiniones se compran y después se guardan en la memoria de la Blackberry. Este esclavismo político ha diseñado una democracia que va hacia una nueva edad de piedra. Votamos a las apariencias, como si eligiéramos a la reina del carnaval. Siempre mandan los mismos, pero tienen más disfraces que Mortadelo. Amedrentan, recortan e infringen la ley, siempre que no sea por escrito, porque lo que más se respeta hoy día es la línea que separa las formas de los contenidos. La forma es la crisis, el contenido es que nos están expropiando de nuestra capacidad de ver el mundo tal como es, conseguida a través de la cultura.
Bienvenidos a la nueva edad de piedra. Existen infinitos canales de comunicación, pero nada que comunicar, o que entender. En la escuela, se cambian los medios por los fines, la tecnología por la curiosidad. Un personaje de Salvatore Satta le decía siempre a su mujer que estaba en el mundo sólo porque había sitio. Desengañémonos: eso nos pasa a todos.
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