El declive
por Fernando Couto

VIERNES 10 DE SEPTIEMBRE DE 2010 A LAS 19:04 HORAS
Opinión > Cultura
 
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A finales de agosto se ha puesto a la venta en España la tercera temporada de la serie Mad Men, un lujo para los fetichistas del formato que podemos disfrutar de la visión en VOSE, sin píxeles, sin límites de tiempo, sin cortes de publicidad y, en particular, sin logotipos intrusos; sólo hay que aguantar  antes del menú principal (¡qué modo más inteligente de mimar a los clientes menguantes!) el sermón que, entre insultante y amenazador, nos advierte de la multa y la pena de prisión que nos pueden caer por copiar lo que hemos comprado. Mad Men precisamente en esas mismas fechas, ganó por tercer año consecutivo el premio Emmy en la categoría de Mejor Serie Dramática. Dos de sus características más llamativas son que no es un producto de la compañía HBO (The Wire, Los Soprano, Deadwood) y que no trata ni de abogados, ni de médicos ni de policías y ladrones.

 

Desde los títulos de crédito, que incluyen ilustraciones de Alberto Vargas, queda claro que es la historia de una caída, personificada en su protagonista, Don Draper, director creativo de la agencia de publicidad Sterling-Cooper, situada, como todas las grandes agencias del sector, en la neoyorquina Madison Avenue. De aquí procede el título, un doble sentido pertinente entre "hombres de Madison" y "locos". La primera temporada se desarrolla de marzo a noviembre de 1960, año de la elección de J. F. Kennedy como presidente de los Estados Unidos de América. La segunda ocurre en 1962 (entre el día de San Valentín y la crisis de octubre de los misiles en Cuba) y la tercera abarca de marzo a diciembre de 1963. Es un mundo al borde del cambio, un mundo en el que los hombres están dejando de usar sombrero y empiezan a quedarse perplejos de que las mujeres empiecen a luchar de forma invencible para conseguir respeto y para ser iguales a los hombres: con autonomía económica y capacidad de aspirar a deseos contradictorios que cuando los colmen descubran que no les hacen más felices.

 

Es probable que el enganche de buena parte del público con la serie se deba a que rememora tiempos que muchos espectadores han vivido. Hay imágenes de archivo de gran fuerza, difíciles de mejorar en la ficción, como el instante de genuina e incontenible emoción de Walter Cronkite al informar de la muerte del presidente Kennedy. También puede darse un efecto de rechazo en quienes piensen que la serie es una crítica ventajista y políticamente correcta de la sociedad de los pasados sesenta desde el punto de vista de nuestro confuso principio del XXI: los personajes además de antiguos son machistas, racistas, alcohólicos y fumadores. Pero la clave, además de que el punto de vista no es condescendiente y presenta a los personajes con respeto y cierto cariño por muy impresentables que sean, es que transmite a la perfección el sentimiento de pérdida que es la esencia de la vida. Para toda sociedad es difícil ver los cambios que ya han ocurrido o que son ya imparables.

 

El creador de Mad Men y su principal guionista es Matthew Weiner, uno de los escritores habituales de Los Soprano. Como corresponde a una obra producida por un equipo con calidad en todos los departamentos hay un gran equilibrio entre ambientación cuidada y espectacular, actuaciones sensacionales de todo el elenco y, en especial, guiones de precisión milimétrica.

 

Vestuario, maquillaje y peluquería dejan con la boca abierta por su elegancia y colorido, además de favorecer extraordinariamente a actrices como Christina Hendricks (Joan Harris) o Maggie Siff (Rachel Menken). Recuerdan por su belleza a los de Deseando amar (2000), película que sucede en esos mismos años y que comparte con Mad Men el tono más de gemido que de estallido, con permiso de T. S. Eliot. El diseño de interiores es también sobresaliente. Además de recrear bares, restaurantes, habitaciones de hotel, supermercados y chalés suburbanos el lugar clave es la oficina de Sterling-Cooper (que recuerda a la que creó en 1960 el director artístico Alexandre Trauner para El apartamento), aunque para satisfacción de blogueros y usuarios de foros, parece haber un error comentado con frecuencia: las máquinas de escribir que sacan son un modelo de 1972. Es un regalo para la vista el despacho del fundador de la agencia, Bertram Cooper (Robert Morse), con su decoración japonesa de biombos, armaduras, juegos de té y un cuadro de Rothko. Cooper, admirador entusiasta de la escritora Ayn Rand, hace descalzarse como si fuera un templo budista a todos los que entran allí.

 

Como corresponde, la 1ª temporada presenta a los distintos personajes y sus interrelaciones tanto en su entorno laboral como en el doméstico. Los protagonistas son el matrimonio formado por Don (Jon Hamm) y Betty (January Jones) Draper, prototipo de pareja perfecta, feliz y envidiada. Como dirá una conocida, son "como los muñecos de una tarta nupcial." Él recuerda a Martin Landau y John Cassavetes y ella a Doris Day y Grace Kelly. Pero en su hogar unifamiliar en el acaudalado condado de Westchester en el valle del Hudson, todo es inestable bajo la superficie por el secretismo sobre su pasado y los adulterios compulsivos de Don y por el esplín de Betty. Los secundarios, elegidos e interpretados sin falla, componen una galería viva cuyos integrantes ganan profundidad y crecen con el transcurrir de la serie, que mira más, con el debido respeto, a Balzac y Dickens que a las típicas series televisivas circulares en las que los personajes no pueden evolucionar porque el público perdería el interés, como ocurre con los cuentos nocturnos infantiles a los que no se les puede cambiar una coma de sitio sin que los oyentes monten en cólera. Se debe destacar a John Slattery, como el afilado Roger Sterling; a Elizabeth Moss, como la hábil y tenaz Peggy Olson; a Christina Hendricks, como la competente y seductora Joan Harris; y a Vincent Kartheiser, como el arribista Pete Campbell. El ritmo de desarrollo de los acontecimientos es pausado: no hay tiros ni persecuciones, pero sí agresividad y violencia, sobre todo verbal contra los subordinados y contra los pares, disfrazada de camaradería y buenos modales y regada con alcohol en los despachos y cigarrillos hasta en los ascensores.    

 

En la 2ª temporada asistimos a importantes revelaciones del pasado de Don y a modificaciones en la propiedad de Sterling-Cooper, así como a la creciente importancia de la televisión como medio donde hacer campañas publicitarias. En la 3ª, con una mezcla de desarrollos lógicos y sorprendentes que no es extraño que encante a los profesionales del medio, ocurren cambios irreversibles tanto en la relación de Betty y Don como en la estructura accionarial de Sterling-Cooper con un final por todo lo alto que deja con ganas de ver más, mucho más.      

 

La mayoría de los extras de los DVD son auténticos hipervínculos, como por ejemplo la historia de la publicidad del tabaco, o el  discurso de Martin Luther King del 28 de agosto de 1963 (I Have a Dream). 

 

Grados de separación. Una prueba de lo sugerente que ha sido siempre la Era Kennedy se puede ver en el siguiente hipervínculo. Se trata de New Frontier (1982) de Donald Fagen, del primer LP en solitario del cantante y teclista de Steely Dan. Dura unos cuatro minutos y medio y salen un refugio nuclear, dibujos animados, Miró, Picasso, la CCCP, el Time Out de Dave Brubeck y hasta anuncios.     


Comentarios
Fernando Couto
domingo 12 de septiembre de 2010 a las 12:58 horas
Con la tele me pasa lo que a bastantes personas con los libros: me gusta mucho, pero no tengo tiempo para ella. Tiro de series para 'Desenfocado' cuando hay alguna que me entusiasma o cuando la cartelera está desapacible. En 2005 escribí de "Frasier" y de "El Ala Oeste de la Casa Blanca". En agosto de 2007 hice un programa doble de "Los Soprano". En 2008 escribí acerca de "The Wire", de donde he canibalizado un par de cosas para esta semana. Como este año parece que pintan bastos en las salas de cine, me organizaré para ver "Life in Mars", que tengo desde hace meses, y contarlo. Sé que la protagoniza John Simm ("Wonderland", "24 Hour Party People"). Me creo con los ojos cerrados que sea mejor que la versión estadounidense, como pasa con "The Office" (de esto soy testigo).

Me acabo de enterar de que ha muerto Claude Chabrol. En agosto han muerto Enrique Llovet ("Los últimos de Filipinas"), Bruno S. ("El enigma de Kaspar Hauser", "Stroszek"), Alain Corneau ("Policía Python 357", "Todas las mañanas del mundo") y Satoshi Kon ("Millenium Actress"), éste último a los 46 años.
El tipo de la barra cansadoyconfuso@gmail.com
sábado 11 de septiembre de 2010 a las 11:19 horas
¡Bienvenido Desenfocado al mundo de la televisión, donde tantas cosas interesantes están pasando!
Otra sugerencia vintage que seguramente hará las delicias del articulista (si es que no las ha hecho ya): la versión original de "Life on Mars", de la BBC. Dos temporadas, editadas ya en España — más sucia, más policiaca, más rockera, más británica.
[1-2]

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