PEDRO P. HINOJOS
Los intentos de movilización ciudadana de los sindicatos de cara a la huelga general de mañana ha llegado en los últimos días a límites insólitos. En la tarea de sembrar la insumisión y la protesta por un día, no se han librado ni los más pequeños entre los pequeños, o sea, los de edades comprendidas entre los 0 y 3 años.
Así, las vallas de alguna escuela infantil de Alcalá han amanecido forradas de pegatinas y carteles con el “Yo voy” y pintadas con el “29-S: huelga general” y el “ZP dimisión” de rigor. Es de suponer que los destinatarios de estas consignas de agitación no serán los inquilinos de la escuela, que al carácter voluble y a las incontinencias propias de su tierna edad, añaden entre carreras a gatas y balbuceos un desconocimiento absoluto de la lectoescritura no menos propia de su tiempo de madurez. Que sean ajenos a esa exhibición agitadora y que ésta vaya dirigida a sus papás y al personal de la escuela, no disculpa, sin embargo, una acción que tiene poco de propagandística y muchísimo de manual del bárbaro más puerco.
Esta confusión devastadora es de lo más común cuando un grupo relativamente numeroso quiere hacer valer sus razones, sean razonables o no, a toda costa. Ya sea por un muro que tapa la vista del río, un carril para bicis metido a pico y calzador en las calles o una reforma laboral con muy pocos amigos; la legítima expresión de la queja, el malestar o la denuncia acaba demasiadas veces en fastidio al prójimo y a los bienes que compartimos todos. Y de todas las víctimas colaterales de esta falta de imaginación y de exceso de mala hostia, que para colmo suele quedar impune, las más inocentes son los niños.
Bien lo deberían saber los sindicatos, una de cuyas muchas victorias históricas fue conseguir que la infancia dejara de ser carne de fábrica, de mina o de peonada en el campo, y se consagrara a jugar, aprender y crecer sana y despreocupadamente. Líbrenla, por tanto, de la penosa carga de la lucha obrera. O como mínimo no le embarren la escuela. |