Lo reconozco. No recuerdo haber leído nunca un libro de Vargas Llosa. Todo lo más, un pequeño cuento erótico y alguno de los artículos que ha publicado en El País. “¡Qué poca cultura!”, pensarán algunos, entre ellos gente que tampoco ha abierto jamás una novela del prolífico escritor peruano, pero que estos días correrán a la librería más cercana con el objeto de equipar sus respectivas bibliotecas con la colección completa de obras del autor de La fiesta del Chivo. Es uno de los efectos secundarios que tiene el Premio Nobel de Literatura. Por desgracia, el Premio en la categoría de Física, o el de Química, no provoca la misma expectación. No veo a la gente interesándose por esa cosa llamada grafeno, ni por la forma como se pueden crear nuevas estructuras de carbono.
La cultura es saber, pero no todos los saberes tienen la misma consideración. Así, a quien ha leído los clásicos de la literatura griega y romana (Homero, Virgilio…), o quien hoy porta bajo el brazo dos novelas de Vargas Llosa, le denominamos culto. Sin embargo, no lo consideramos así si lo que lee en el metro es un ensayo sobre la mecánica de los agujeros negros de Kip Thorne o un artículo acerca de la naturaleza y aplicaciones del grafeno en Scientific American. ¡Frikazo!, tendemos a pensar. Y quizás no nos damos cuenta de que los Premios Nobel constituyen un marco ideal para acercarnos a esa parte de la cultura llamada ciencia. Seguro que más de uno nunca ha escuchado el término ‘grafeno’ hasta que han visto en el telediario de turno el fallo del Nobel de Física 2010 –por cierto, uno de los galardonados también obtuvo hace diez años el Premio IgNobel por sus investigaciones sobre campos magnéticos en seres vivos, haciendo levitar a una rana-. Pero es probable que tampoco lo vuelva a escuchar. No intentará conocer en cualquiera de los portales de ciencia que hay en Internet en qué consiste exactamente eso del grafeno, ni las aplicaciones que conlleva y, sin embargo, andará preocupado por que su biblioteca particular tenga algún ejemplar de Vargas Llosa, no vaya a ser que alguien entre en su casa y lo llame inculto por no haber leído al último Premio Nobel de Literatura.
Bien es cierto que la frontera que hay entre la ciencia y el público general es mucho más amplia que la que separa a los literatos de la sociedad. Leer una novela de ficción está al alcance de muchos; comprender en qué consiste un experimento científico sobre las propiedades de un nuevo elemento y las posibilidades que ofrece se antoja más complicado. Pero una y otra cosa no son más que dos vertientes de la misma cultura, la que nos enriquece y conforma nuestra visión del mundo.
PD: Aprovecho la ocasión para emitir mi opinión respecto al Nobel de Física de este año. Tradicionalmente, estos premios han tratado de recompensar el trabajo de investigaciones que en su día abrieron nuevas oportunidades de mejora para la sociedad y que se tradujeron en importantes avances. En el caso del grafeno, se trata de un premio al futuro. Aún no contamos con aplicaciones comerciales basadas en el grafeno, pero el horizonte que abre la utilización de este material en campos como la nanotecnología o la informática hacen presagiar que constituirá, en poco tiempo, una auténtica revolución como en su día protagonizó el vapor en la Primera Revolución Industrial o el silicio con la explosión informática de los últimos treinta años. |