El pasado 7 de octubre, en un español premonitorio el secretario permanente de la Academia sueca de los Premios Nobel, Peter Englund, anunciaba el nombre de Mario Vargas Llosa como el ganador de la convocatoria del Nobel de Literatura 2010. Desde hace muchos años, el nombre del escritor peruano encabezaba todas las listas de favoritos por alzarse con este prestigioso galardón.
Pero las expectativas siempre se quedaban en sordas críticas a una academia ajena a la obra en español de uno de los novelistas más certeros y ambiciosos que ha dado la literatura actual. Y año a año, los nombres favoritos, esos que están presentes en el imaginario colectivo, daban paso a otros autores, muchas veces desconocidos, que ponían en entredicho esta idea de la globalización, que poco tiene que ver con la cultura, y mucho menos con la lengua. Veinte años hemos tenido que esperar para que el español vuelva a estar en lo más alto del premio literario por excelencia, después del doblete vivido en 1989 con Camilo José Cela y al año siguiente con Octavio Paz. Y ha valido la pena, sin duda… y ha valido la pena y sigue valiendo la pena seguir leyendo a Mario Vargas Llosa, que no deja de sorprender en cada nueva entrega, en cada nuevo libro, como el que ahora se presentará a primeros de noviembre: “El sueño del celta”.
Cada libro es en Vargas Llosa una nueva aventura literaria y personal. Así como cualquier conversación con este autor que domina las palabras y el lenguaje, ya sea en las páginas de una novela, en una entrevista, un artículo de prensa, en un ensayo… e incluso subido a los escenarios juntos a Aitana Sánchez-Gijón. Me viene ahora a la cabeza la imagen de Vargas Llosa leyendo y tomando nota en la sala de lectura de la londinense British Library, preparándose para la escritura de una nueva obra; fotografía, tomada por su propia hija, que nos revela una pasión por la escritura que parte del trabajo y del esfuerzo, de una pasmosa capacidad de inventar universos de ficción, pero siempre a partir de los anclajes de la realidad y de la historia.
Uno de los recuerdos más queridos que conservo de la exposición que organicé en la Biblioteca Nacional de España para conmemorar los 500 años de la publicación de la primera edición conservada del ‘Amadís de Gaula’: “Quinientos años de libros de caballerías”, que se inauguró en octubre de 2008, fue la posibilidad de conocer a algunos de los escritores que más he admirado, de conocerlos, de hablar con ellos y de mantener, a partir de entonces, una cierta relación.
La última sección de la exposición, justo antes del cierre final con un epílogo alrededor de uno de los lectores más sobresalientes de libros de caballerías como fue el alter-ego de Cervantes, el hidalgo Alonso Quijano, la quería dedicar a los escritores, de ayer y de hoy, que se sintieron atraídos y fascinados por las narraciones caballerescas, que habían sido capaces de aprender en sus folios algunos de los trucos y herramientas que luego hacían suyos en sus propias obras. Sección pensada como un viaje en el tiempo en que el ayer y el hoy se unieran, así como en la literatura no es posible hablar de un tiempo pasado, presente o futuro.
Las palabras todo lo unen y todo lo disgregan. Y así ideamos esta sección como un audiovisual en que se ofrecieran entrevistas a los autores de ayer (ficticias a partir de sus textos y grabadas por locutores profesionales) y a los autores de hoy (reales y grabadas expresamente para la ocasión). Entre los de ayer, buscamos los testimonios de Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes y Lope de Vega, y entre los modernos, hicimos entrevistas a Francisco Nieva, Luis Alberto de Cuenca y Mario Vargas-Llosa… el nombre de Gabriel García Márquez se quedó fuera por problemas de agenda y el de Rosa Montero por imposibilidades personales, aunque recuerdo también una mañana de sábado junto a ella disfrutando juntos de la exposición en el Paseo de Recoletos, con mil comentarios y confidencias.
La entrevista con Mario Vargas Llosa, del que solo utilizamos unos minutos de más de una hora de grabación, estuvo salpicada de genialidad y certezas. Desde su casa en un céntrico barrio de Madrid, los tejados del otoño madrileño se convirtieron en el perfecto telón de fondos de sus recuerdos universitarios, de las clases en Perú en que, en un solo día se ventilaron toda la ficción caballeresca, de su deseo de conocer más y más de un género que no podía ser de ese modo despreciado, su lectura del “Tirant lo Blanc” en la edición de Martín de Riquer y de su empeño de leer otros libros de caballerías cuando vino a la Universidad Complutense de Madrid, y de las horas que pasó en la Biblioteca Nacional disfrutando de las aventuras de Amadís de Gaula y de tantos otros caballeros y damas que deambulan por los miles de folios de este género.
En sus contestaciones, certeras, como talladas en el pensamiento de los siglos, alababa de los libros de caballerías una lección de novelista que, mientras la escuchaba, me recordaba la propia lección aprendida por Cervantes: la posibilidad de crear la novela total, el género total en la novela. En las narraciones caballerescas, el joven Vargas-Llosa, ese mismo que estaba adentrándose en la poética de García Márquez para su tesis doctoral, que defendería unos años después, estaba aprendiendo algunas técnicas narrativas, algunos deseos y sueños que luego se hicieron realidad en sus primeras novelas, esas que le dieron la fama mundial, y en especial, “Conversación en La Catedral”.
Recuerdo con todo detalle la entrada de la casa de Mario Vargas Llosa, la litografía de Barceló, algunas esculturas, la sala donde realizamos la entrevista, con sus estanterías y la puerta que daba a la terraza, el pasillo que anunciaba nuevos tesoros y habitaciones… y esa voz y esa palabra, esos pensamientos que da lo mismo que se difundan en letras escritas o en la voz… No de todos los escritores se puede decir lo mismo, lamentablemente.
¡Enhorabuena por un premio tan merecido! Un premio que se ha hecho esperar, pero que nos llega de orgullo y satisfacción a todos los que seguimos disfrutando de la buena literatura en español, que seguimos esperando cada nueva novela suya como un nuevo tesoro de pasatiempos, como diría el bueno de Cervantes, frase proverbial de su “Don Quijote”.
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