'Causa Abierta' cede hoy la palabra de nuevo, como firma invitada, al periodista Fernando Codina, un joven y a la vez viejo docente que diserta sobre el papel del profesor para llegar a algo más: el sentido final de la educación, la madurez de la sociedad, el papel de los padres y, cómo no, la actitud de los alumnos. Adelante, pues, con un artículo que invita a la reflexión y a la participación. Paula Ballesteros.
Yo también defiendo al profesor
Por Fernando Codina
Hace algunos días, me enviaron un enlace hacia una campaña de firmas, en defensa del profesor. Y, al margen de lo acertada que me parezca la iniciativa, o de las “figuras” del mundo del deporte, empresarial, sindicatos y muchos particulares, incluyendo a profesores y directores de instituto, lo que más me preocupa es, precisamente, el que haya sido necesario ponerla en marcha. Que este grupo de personas consideren que un profesor tiene que ser defendido.
Se puede dividir en cuatro bloques, cada uno con su finalidad. La primera parte es una letanía de titulares de prensa, o de fragmentos de informativos de distintas cadenas de televisión, para abordar el problema. La segunda se centra en diversas micro-entrevistas con periodistas, portavoces de un sindicato de profesores, docentes, directores de un centro. La tercera, tal vez un poco larga, es otra letanía, donde padres, alumnos, profesores, deportistas, repiten machaconamente el mismo mensaje: “Yo también defiendo al profesor”. Y la cuarta, aunque fuera del vídeo, es la invitación a firmar, indicando de esta manera tu apoyo hacia el docente.
Éste es el vídeo que invita a dar un paso adelante para discutir sobre algo crucial
En general, y más allá de ciertas afirmaciones, que como poco me parecen repetitivas, está bien... pero hay clamorosas ausencias, como sería la de un jurista que mencionase la normativa vigente; un representante de las fuerzas del orden público; incluso un psicólogo o psiquiatra que hablase del “mobbing” o el testimonio de un profesor. De todas formas, la impresión general es que las cosas han cambiado mucho, y a peor, en estos últimos años.
En el fondo, creo que se trata de una cuestión de respeto y de reconocimiento. Respeto hacia los profesores, sobre todo los de Educación Secundaria Obligatoria, puesto que el cambio, la “monstruización” (y perdón por la palabreja) de los alumnos parece producirse con la llegada al instituto (o I.E.S.). Y de reconocimiento de la labor, importantísima, que se realiza a diario. El mero hecho de que se plantee la necesidad de estas dos “erres” me hace pensar que las cosas han cambiado mucho, y por supuesto, a peor.
“In illo tempore”, “en aquellos tiempos…” como diría mi profesora de latín, cuando yo mismo iba al instituto, siempre teníamos presentes aquellas dos “erres” en nuestro trato con los profesores, ni se nos ocurría pensar en levantar la cabeza cuando estábamos leyendo un texto en clase de Literatura, o hablar, ni siquiera en voz baja, si se nos había llamado la atención.
Nuestra función era aprender, y por eso íbamos a clase, y al menos algunos de los conocimientos que nos proporcionaban nos ayudaría a tener un futuro mejor. Cuando tienes doce o catorce años, muchas veces te interesa más el mundo exterior, o las piernas o el escote de tu compañera de pupitre, que una larga disertación sobre la batalla de las Termópilas.
Entonces, te limitas a poner cara de interés, mientras que estás pensando en tus cosas. Pero de ninguna manera te dedicas a interrumpir la clase. Es cierto, los primeros días del nuevo curso, el ambiente era algo peculiar, tanteabas a los docentes, para conocerles un poco, el tipo de exámenes, las maneras de evaluación complementarias.
Los profesores, por su parte, tenían muy claro que bastaba con una simple mirada, como la del señor Roda, para obtener el silencio. Y que no era necesario alzar la voz. Ni tampoco resultaba peligroso darse la vuelta para escribir en la pizarra. En los pasillos, los alumnos nos separábamos para dejarles pasar. Y la sala de profesores era una especie de remanso de paz, a la vez que purgatorio, al que nunca queríamos entrar.
Y sobre el reconocimiento… quizás el más evidente sea el que, veintidós años después de abandonar las aulas (como estudiante), todavía te acuerdes de sus nombres, de aquellos profesores, hombres y mujeres, que te enseñaron tantas cosas: Mme. Flambard, Mme. Pauthal, Mme. Diaz, Mr. Roda, Mme. Thauvain.
En aquellos tiempos, insisto, no tan lejanos, yo nací en 1970, la impresión en el colegio y en el instituto era la de estar trabajando juntos, alumnos y profesores, por lo que, de todas formas, nos incumbía sobre todo a los estudiantes: formarnos para nuestro futuro. Sin embargo, había más elementos implicados en esta formación: la familia, los amigos, y, de alguna manera, la sociedad.
En el año 2000, regresé a las aulas, mas esta vez, como profesor interino de francés. Y durante cuatro años, he “disfrutado” en diversos institutos de las “delicias de la enseñanza”. En el video, hablan de algunos de los problemas que tienen que afrontar los profesores en la actualidad. Bien, pues os puedo asegurar que, en demasiados aspectos, se quedan cortos. Hablan del profesor “quemado”, y este caso lo conozco muy bien, puesto que es el mío.
El mayor problema que tiene que afrontar un profesor recién llegado al centro, es el de ubicarse: nadie te prepara, ni te da información sobre la localización de tu aula, el tipo de alumnos que hay en ella, el número, si tienes repetidores. En el mismo departamento, dependes muchísimo del jefe de departamento, de los propios compañeros. Y siempre llevas la etiqueta de “temporal”, porque todos saben que eres “el interino”, y que en cualquier momento, te puedes ir a la calle, de no ser una de las cotizadísimas vacantes de curso entero.
Los alumnos están, por supuesto, a la expectativa, y el desarrollo de tu trabajo estará condicionado por las primeras horas de clase: consejo para los interinos: pisa fuerte, créate fama de profesor duro, y gánate el respeto, que para suavizarte, siempre hay tiempo.
En este vídeo se ve una agresión brutal a una profesora: no es tan ocasional la tensión y la violencia en las aulas, aun de menor grado, pero igual gravedad
Al principio de este artículo, hablaba de la “monstruización”, ¿recordáis? Tiene que ver con la integración de los alumnos, recién llegados del colegio, en el instituto (o IES): en 1º de la ESO, vienen con los ojos abiertos, el corazón a veces en un puño, y la impresión de ser los más pequeños del centro, cuando antes eran los más grandes, pero dar clase con ellos, en general, es una experiencia gratificante.
En 2º, el ambiente se vuelve un poco más confuso, la dichosa adolescencia entra en acción, y empieza a haber más hormonas que interés por el estudio. En 3º, bueno, es necesario atarlos muy corto, para que no se desmanden, y al menos unos pocos estudien. En 4º, puede ser el cielo o el infierno, en función de tu aguante, tu tolerancia, o tu eficacia en imponer algo de disciplina.
Abandoné la enseñanza, y conocí algunos de sus aspectos más oscuros, “gracias” a un grupo de 4º-A y 4º-B de la ESO, y en buena parte fue también responsabilidad de la dirección del centro, al juntar a 40 alumnos, un altísimo porcentaje repetidores, para aprender una asignatura que no les interesaba lo más mínimo.
Ahora bien, ¿cuáles son las dolencias del sistema educativo español? Son muchas, seguro que tú encuentras algunas más, pero yo me quedo con unas cuantas.
1º) El mismo sistema de las oposiciones: tienes que memorizar toneladas métricas de datos que no utilizarás en la vida, normativas, teorías, que a la hora de la verdad, no te sirven para nada. Eso por no hablar de los sistemas de baremación, los puntos extra. Y del propio examen, completamente decimonónico, y la asignación de plazas.
2º) No todos valen para enseñar: la docencia no debería ser una alternativa laboral para cualquiera, si no hay interés por desarrollar una carrera en este ámbito, si no hay vocación y conocimiento previo, es mejor opositar a otra cosa.
3º) Los profesores: es imperioso lograr una mayor implicación de los profesores con la sociedad, con los alumnos, hacer que se sientan más apoyados, que no tengan “miedo”… Pero ellos solos no pueden cargar con todo el peso.
4º) Los alumnos: hay una falta de respeto muy elevada, un menosprecio hacia los docentes, que en buena medida deriva de la “utilidad” de la materia. Si enseñas matemáticas o inglés, tienes mucho ganado. Pero si te especializas en educación plástica o en francés, que Dios te coja confesado.
5º) Los padres: tienen buena parte de la culpa de lo que sucede actualmente con el sistema educativo, con el respeto a los profesores… “Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo”, como dice el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud en su " Decálogo para formar un delincuente".
6º) La sociedad: a nadie le importa cómo se sienta un profesor, o si un alumno aprende o pierde el tiempo. De lo que se trata de tener a los jóvenes el mayor tiempo posible en las aulas, sean las que sean, para retrasar de esa manera su incorporación a las listas del paro. A la vez se va creando un trabajo cada vez más paupérrimo, de ínfima calidad y nula expectativa de superación o de mejora.
Y es necesario que todos estos actores se tomen las cosas en serio, que desde el Gobierno y las Instituciones de todo tipo, se pongan de acuerdo, y cambien las cosas. Aunque para ser un país de teleoperadores y comerciales, de bailaoras y camareros, tampoco hace falta mucha formación ni cultura, ¿verdad?
Si la tendencia no se modifica, dentro de poco, igual en 10 o 15 años, el ser “profesor” igual se convierte en una profesión de riesgo, y tienen que acudir a sus clases protegidos por vigilantes de seguridad (armados, por supuesto) o por escoltas, e impartir las lecciones desde una pecera de cristal blindado, procurando en todo caso no despertar a los “queridos alumnos” con el ruidito de la tiza… ¿Crees que exagero? Bueno, el tiempo dirá...
jueves 21 de octubre de 2010ENCRUCIJADAS TEMPORALES
A veces, el tiempo se te echa encima, y te derrota... Una mañana cualquiera, mientras estás buscando información para uno de los "posts" que te permiten llegar a los mundos de tinta, incluso una foto, recuerdas un viejo nombre, de aquellas personas que se te quedan grabadas desde la facultad de ciencias de la información... Y, curiosamente, lo encuentras...
Cuando miras su currículum... bueno, sientes una sana, pero tremenda envidia... al comprobar que él sí lo ha conseguido, ha sabido aprovechar las encrucijadas de la vida y, trabajando duro, como siempre desde que le conoces, se ha trazado un camino... Director de cine, colaborador en programas de radio, dos carreras, profesor universitario, colaborador en multitud de espacios... No ha cambiado un ápice en todos estos años, las mismas ojeras, la misma cara de sueño, incluso el mismo peinado/despeinado, tan característico...
Y, de repente, me siento cansado, muy cansado... y viejo... demasiado viejo para soñar... Por encima de todo, tengo la impresión de haber desperdiciado todos aquellos años, desde la última vez que nos vimos... Que mientras él ha sido capaz de luchar fuerte, por labrarse un destino que al menos está relacionado con lo que yo recuerdo como sus pasiones (la escritura, el cine...), yo no hago otra cosa que dar vueltas sin sentido...
Y me da por recordar antiguos caminos, viejas encrucijadas temporales, conjunciones de lugares, personas y hechos.. y oportunidades desperdiciadas... Lo sé, por supuesto, que los futuribles no sirven de nada, ni mucho menos el tratar de imaginar, desde el presente, cómo podrían haber sido todas las cosas... A toro pasado (pero se entiende que corriendo tranquilo por la dehesa, y no en los mataderos), es muy fácil darse cuenta de los errores cometidos... y seguir adelante, arrastrando tus historias, y tus pequeñas miserias cotidianas...
Para seguir adelante... y ponerle buena cara al mal tiempo... refugiándote en los mundos de tinta, que en muchos sentidos, te dan la vida... y en los pequeños momentos de la vida, que consiguen arrancarte una sonrisa... en las voces y presencias que te acompañan en el camino... Lo sé, es una historia triste la de hoy, que de todas formas no tiene demasiado sentido seguir contando... Porque mañana será otro día, o pasado mañana, y nacerá otro cuento, otra historia, otro poema, otro "monstruito" de mi alter ego...
Pero hoy, realmente, no puedo seguir escribiendo...
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Yo también defiendo al profesor
MIÉRCOLES 20 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 12:33 HORAS - ARTICULO PUBLICADO EN EL DIGITAL DE MADRID.
'Causa Abierta' cede hoy la palabra de nuevo, como firma invitada, al periodista Fernando Codina, un joven y a la vez viejo docente que diserta sobre el papel del profesor para llegar a algo más: el sentido final de la educación, la madurez de la sociedad, el papel de los padres y, cómo no, la actitud de los alumnos. Adelante, pues, con un artículo que invita a la reflexión y a la participación. Paula Ballesteros.
Yo también defiendo al profesor
Por Fernando Codina
Hace algunos días, me enviaron un enlace hacia una campaña de firmas, en defensa del profesor. Y, al margen de lo acertada que me parezca la iniciativa, o de las “figuras” del mundo del deporte, empresarial, sindicatos y muchos particulares, incluyendo a profesores y directores de instituto, lo que más me preocupa es, precisamente, el que haya sido necesario ponerla en marcha. Que este grupo de personas consideren que un profesor tiene que ser defendido.
Se puede dividir en cuatro bloques, cada uno con su finalidad. La primera parte es una letanía de titulares de prensa, o de fragmentos de informativos de distintas cadenas de televisión, para abordar el problema. La segunda se centra en diversas micro-entrevistas con periodistas, portavoces de un sindicato de profesores, docentes, directores de un centro. La tercera, tal vez un poco larga, es otra letanía, donde padres, alumnos, profesores, deportistas, repiten machaconamente el mismo mensaje: “Yo también defiendo al profesor”. Y la cuarta, aunque fuera del vídeo, es la invitación a firmar, indicando de esta manera tu apoyo hacia el docente.
En general, y más allá de ciertas afirmaciones, que como poco me parecen repetitivas, está bien... pero hay clamorosas ausencias, como sería la de un jurista que mencionase la normativa vigente; un representante de las fuerzas del orden público; incluso un psicólogo o psiquiatra que hablase del “mobbing” o el testimonio de un profesor. De todas formas, la impresión general es que las cosas han cambiado mucho, y a peor, en estos últimos años.
En el fondo, creo que se trata de una cuestión de respeto y de reconocimiento. Respeto hacia los profesores, sobre todo los de Educación Secundaria Obligatoria, puesto que el cambio, la “monstruización” (y perdón por la palabreja) de los alumnos parece producirse con la llegada al instituto (o I.E.S.). Y de reconocimiento de la labor, importantísima, que se realiza a diario. El mero hecho de que se plantee la necesidad de estas dos “erres” me hace pensar que las cosas han cambiado mucho, y por supuesto, a peor.
“In illo tempore”, “en aquellos tiempos…” como diría mi profesora de latín, cuando yo mismo iba al instituto, siempre teníamos presentes aquellas dos “erres” en nuestro trato con los profesores, ni se nos ocurría pensar en levantar la cabeza cuando estábamos leyendo un texto en clase de Literatura, o hablar, ni siquiera en voz baja, si se nos había llamado la atención.
Nuestra función era aprender, y por eso íbamos a clase, y al menos algunos de los conocimientos que nos proporcionaban nos ayudaría a tener un futuro mejor. Cuando tienes doce o catorce años, muchas veces te interesa más el mundo exterior, o las piernas o el escote de tu compañera de pupitre, que una larga disertación sobre la batalla de las Termópilas.
Entonces, te limitas a poner cara de interés, mientras que estás pensando en tus cosas. Pero de ninguna manera te dedicas a interrumpir la clase. Es cierto, los primeros días del nuevo curso, el ambiente era algo peculiar, tanteabas a los docentes, para conocerles un poco, el tipo de exámenes, las maneras de evaluación complementarias.
Los profesores, por su parte, tenían muy claro que bastaba con una simple mirada, como la del señor Roda, para obtener el silencio. Y que no era necesario alzar la voz. Ni tampoco resultaba peligroso darse la vuelta para escribir en la pizarra. En los pasillos, los alumnos nos separábamos para dejarles pasar. Y la sala de profesores era una especie de remanso de paz, a la vez que purgatorio, al que nunca queríamos entrar.
Y sobre el reconocimiento… quizás el más evidente sea el que, veintidós años después de abandonar las aulas (como estudiante), todavía te acuerdes de sus nombres, de aquellos profesores, hombres y mujeres, que te enseñaron tantas cosas: Mme. Flambard, Mme. Pauthal, Mme. Diaz, Mr. Roda, Mme. Thauvain.
En aquellos tiempos, insisto, no tan lejanos, yo nací en 1970, la impresión en el colegio y en el instituto era la de estar trabajando juntos, alumnos y profesores, por lo que, de todas formas, nos incumbía sobre todo a los estudiantes: formarnos para nuestro futuro. Sin embargo, había más elementos implicados en esta formación: la familia, los amigos, y, de alguna manera, la sociedad.
En el año 2000, regresé a las aulas, mas esta vez, como profesor interino de francés. Y durante cuatro años, he “disfrutado” en diversos institutos de las “delicias de la enseñanza”. En el video, hablan de algunos de los problemas que tienen que afrontar los profesores en la actualidad. Bien, pues os puedo asegurar que, en demasiados aspectos, se quedan cortos. Hablan del profesor “quemado”, y este caso lo conozco muy bien, puesto que es el mío.
El mayor problema que tiene que afrontar un profesor recién llegado al centro, es el de ubicarse: nadie te prepara, ni te da información sobre la localización de tu aula, el tipo de alumnos que hay en ella, el número, si tienes repetidores. En el mismo departamento, dependes muchísimo del jefe de departamento, de los propios compañeros. Y siempre llevas la etiqueta de “temporal”, porque todos saben que eres “el interino”, y que en cualquier momento, te puedes ir a la calle, de no ser una de las cotizadísimas vacantes de curso entero.
Los alumnos están, por supuesto, a la expectativa, y el desarrollo de tu trabajo estará condicionado por las primeras horas de clase: consejo para los interinos: pisa fuerte, créate fama de profesor duro, y gánate el respeto, que para suavizarte, siempre hay tiempo.
Al principio de este artículo, hablaba de la “monstruización”, ¿recordáis? Tiene que ver con la integración de los alumnos, recién llegados del colegio, en el instituto (o IES): en 1º de la ESO, vienen con los ojos abiertos, el corazón a veces en un puño, y la impresión de ser los más pequeños del centro, cuando antes eran los más grandes, pero dar clase con ellos, en general, es una experiencia gratificante.
En 2º, el ambiente se vuelve un poco más confuso, la dichosa adolescencia entra en acción, y empieza a haber más hormonas que interés por el estudio. En 3º, bueno, es necesario atarlos muy corto, para que no se desmanden, y al menos unos pocos estudien. En 4º, puede ser el cielo o el infierno, en función de tu aguante, tu tolerancia, o tu eficacia en imponer algo de disciplina.
Abandoné la enseñanza, y conocí algunos de sus aspectos más oscuros, “gracias” a un grupo de 4º-A y 4º-B de la ESO, y en buena parte fue también responsabilidad de la dirección del centro, al juntar a 40 alumnos, un altísimo porcentaje repetidores, para aprender una asignatura que no les interesaba lo más mínimo.
Ahora bien, ¿cuáles son las dolencias del sistema educativo español? Son muchas, seguro que tú encuentras algunas más, pero yo me quedo con unas cuantas.
1º) El mismo sistema de las oposiciones: tienes que memorizar toneladas métricas de datos que no utilizarás en la vida, normativas, teorías, que a la hora de la verdad, no te sirven para nada. Eso por no hablar de los sistemas de baremación, los puntos extra. Y del propio examen, completamente decimonónico, y la asignación de plazas.
2º) No todos valen para enseñar: la docencia no debería ser una alternativa laboral para cualquiera, si no hay interés por desarrollar una carrera en este ámbito, si no hay vocación y conocimiento previo, es mejor opositar a otra cosa.
3º) Los profesores: es imperioso lograr una mayor implicación de los profesores con la sociedad, con los alumnos, hacer que se sientan más apoyados, que no tengan “miedo”… Pero ellos solos no pueden cargar con todo el peso.
4º) Los alumnos: hay una falta de respeto muy elevada, un menosprecio hacia los docentes, que en buena medida deriva de la “utilidad” de la materia. Si enseñas matemáticas o inglés, tienes mucho ganado. Pero si te especializas en educación plástica o en francés, que Dios te coja confesado.
5º) Los padres: tienen buena parte de la culpa de lo que sucede actualmente con el sistema educativo, con el respeto a los profesores… “Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo”, como dice el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud en su " Decálogo para formar un delincuente".
6º) La sociedad: a nadie le importa cómo se sienta un profesor, o si un alumno aprende o pierde el tiempo. De lo que se trata de tener a los jóvenes el mayor tiempo posible en las aulas, sean las que sean, para retrasar de esa manera su incorporación a las listas del paro. A la vez se va creando un trabajo cada vez más paupérrimo, de ínfima calidad y nula expectativa de superación o de mejora.
Y es necesario que todos estos actores se tomen las cosas en serio, que desde el Gobierno y las Instituciones de todo tipo, se pongan de acuerdo, y cambien las cosas. Aunque para ser un país de teleoperadores y comerciales, de bailaoras y camareros, tampoco hace falta mucha formación ni cultura, ¿verdad?
Si la tendencia no se modifica, dentro de poco, igual en 10 o 15 años, el ser “profesor” igual se convierte en una profesión de riesgo, y tienen que acudir a sus clases protegidos por vigilantes de seguridad (armados, por supuesto) o por escoltas, e impartir las lecciones desde una pecera de cristal blindado, procurando en todo caso no despertar a los “queridos alumnos” con el ruidito de la tiza… ¿Crees que exagero? Bueno, el tiempo dirá...
Publicado por minino en 09:06 2 comentarios
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Por supuesto, que todos los alumnos de la ESO no pasan por el procedimiento de "monstruización", y siempre es posible encontrar algunos que realmente desan aprender cosas nuevas, mantienen la atención en las clases, escuchan... En el artículo, mencionaba también que la actitud de los padres es de capital importancia, lo que me hizo acordarme de un texto muy interesante...
(Este "Decálogo", que posiblemente tendría que convertirse en lectura obligatoria para demasiados padres, lo encontré en el blog de Gloria, "Pasa la vida"(http://volandomariposas.blogspot.com) , y me apetece compartirlo con vosotros...) (y de paso, recomendaros su blog: es EXCELENTE)
El popular juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, conocido por sus sentencias educativas y orientadoras, ha publicado un libro "Reflexiones de un juez de menores" en el que incluye un " Decálogo para formar un delincuente".
Me han parecido muy interesantes sus reflexiones y por eso quiero compartirlas con todos los que leen mi blog. Seguro que pueden ayudar a alguna persona estos buenos consejos.
1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2. No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3. Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.
4. No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5 . Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7. Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8. Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.
Amiga Paula:
la realidad es la que es. Podemos analizar cómo hemos llegado hasta aquí. Es lo que hay, consecuencia entre otras del alto fracaso escolar mantenido durante décadas. Para ser padre no se exigen estudios técnicos en psico-pedagogía; para ser profesor sí.
El profesorado ha de ser capaz de absorber y corregir los errores conductuales heredados de sus familias, para poder desempeñar un papel en la sociedad, un trabajo. En último término, la educación es responsabilidad del estado.
Cierto y gracias por tu comentario, uno de la muga, pero creo que a las clases se tiene que acudir educado, los principios éticos de convivencia se aprenden en el entorno más cercano, en eso intervenimos los padres, que por cierto no es nada fácil con el ejemplo que tenemos fuera de los muros del hogar. Aún así, es ligero e irresponsable culpar a la sociedad, los tutores tienen la obligación de formar a sus hijos para que esto no suceda. Otro punto a debatir es la preparación de los profesores, pero eso sería otro debate.Gracias por tu aporte.
amiga Paula:
Yo también estoy con el profesor; pero sobretodo estoy con el alumno, sujeto a formar. El profesor ha de tener la suficiente capacidad de seducción para que los alumnos se autoformen.
La auténtica autoridad dimana de la sabiduría. La mejor forma de apoyo a los profesores es crear grupos técnicos de apoyo, en cantidad suficiente, para que ayuden a resolver los conflictos de forma fluida y respetuosa para todas las partes.
Una firma está muy bien. Firmo. Pero es poco más que una palmadita en la espalda.