Vivir el doble
por Uno de la Redacción

VIERNES 5 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 18:47 HORAS
Opinión > Política
 
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ALONSO GUERRERO

Hace nada se celebró el día de difuntos y vimos, en las escenas de camposanto que sacaron las televisiones, que cada vez hay menos gente que crea en la muerte. Los cementerios tienen menos flores, y muchas menos visitas que las redes sociales, que son tanatorios más animados y con más luces. En lugar de saber morir, como enseñaba Séneca, la gente quiere vivir el doble, por eso hemos tirado de lo virtual. ¿Por qué vivir en la calle, si podemos llevar a nuestro avatar por mundos sin leyes ni sueños que terminan en una taquilla? La vida real se ha convertido en una aburrida novela realista. Nos pesa vivirla como un triste David Copperfield mientras, ante nosotros, se extienden horizontes nuevos para nuestro corazón de caballo de carreras y nuestro perfil sangriento e hiperactivo.

La reciente película de David Fincher sobre Facebook muestra cómo nadie se conforma ya con un día de trabajo, con una cita a la luz de la luna o un destino trazado por cosas tan anticuadas como la inclinación o el talento. No, lo verdaderamente moderno son las posibilidades, esas vidas que no podremos vivir por entero, pero sí a medias, esos sucedáneos de amistad, de amor y de felicidad. Facebook tiene más vidas que usuarios, aunque sea un botellón donde tienes que pagar el precio de declarar tus aspiraciones, para que alguien que no existe pueda venderte algo, o fingir que te conoce. En ese más allá podemos existir sin odio, sin necesidades, porque todo se mueve en un eclipse de conciencia.

Confieso que me gustaría entrar en esos paraísos sin libros, pero en ellos no hay personas, sino multitudes. No hay gente interesante, sino más plana que el móvil de Michael Phelps, porque todo es una ilusión, un espejismo fabricado por una limitación multitudinaria. Sospechamos que, al final, será lo virtual lo que invada nuestra realidad y convierta los paisajes que vemos en tinajas de formol. Quizá, entonces, el día de difuntos sea un desfile de zombies, como en Halloween, y la abuela que nos educó nos ataque con un hacha sucia y mellada.


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