A la misma hora en que, sin carraspear por el bochorno, el insigne presidente del Gobierno se permitía la frivolidad de enseñarle al G-20 la senda de creación de empleo y convertía a Petete en un complejo filósofo al subrayar que de la crisis “salimos si estamos juntos” y enfatizar que la “desigualdad de riqueza es inaceptable”; se conocía una transferencia extra de 500 millones de euros al pobre Montilla a dos días de sus Elecciones que, junto a parecida cifra concedida al PNV para garantizarse la permanencia en el poder, demuestran que la frivolidad párvula y el impudor ético pueden combinarse en idénticas dosis si se tiene el morro parecido al de un oso hormiguero.
El presidente del país con más paro de Occidente -el triple de Alemania- cambió una silla prestada del G-20 a Sarkozy por su apoyo a la infame deportación de gitanos franceses y, en esa línea de desfachatez ciertamente osada, es bien capaz de aleccionar a quienes van mucho mejor de una materia en la que él va desgraciadamente peor.

Con un corolario al respecto de cómo debe practicarse la solidaridad que, allá donde él puede aplicar, transforma en lo contrario: la vinculación de los legítimos sentimientos nacionales de Cataluña a una fórmula de reversión económica prostituye los primeros y envilece los segundos, pero además demuestra la catadura de quien lo avala. Consagrar que hay que recibir lo mismo que se da, y ése es el espíritu y la letra del señor Zapatero en sus concesiones autonómicas, simplemente hace inviable el reequilibrio entre ricos y pobres que sin embargo defiende en sus intervenciones coreanas con tanto desparpajo.
El mismo con que allí lanza salmos a favor del comercio y el mercado sin fronteras y aquí, por contra, tolera fatwas contra todo aquel emprendedor que ose tener una idea y asuma el riesgo de desarrollarla.
En este contexto, que sorprendentemente sigue sin ser ni visto ni aceptado por quienes conceden la categoría de progresista al primer indocumentado que dice serlo sin aplicarle al menos la prueba del algodón; la reducción de liberados sindicales y de chiringuitos públicos presentada ayer en Madrid es un leve alivio para unas arcas cuya anorexia soportan en exclusiva, hasta ahora, el lumpen moderno compuesto por trabajadores de la empresa privada, pymes esforzadas y pensionistas de medio pelo.
Que Aguirre haya esperado hasta el último momento para aplicar la ley y el sentido común demuestra que hasta los liberales suscriben el trágala pagado con dinero público hasta que no les queda más remedio y denota, a la vez, que la única posibilidad de regeneración en la costosa, caciquil, ladrona e inútil Administración española pasa por su defunción: sólo cuando no haya dinero para pagar la nómina del funcionariado, la miríada de zapateros con cargo y presupuesto público se plantearan los recortes impuestos a los demás, quizá fallecidos y enterrados ya cuando llegue ese inevitable momento.
Mientras, quedará la sensación de que la ingenua opinión pública ha sido cómplice involuntaria de la tropelía soportada por sus riñones: lo del presidente del paro hablando de empleo en Corea es, más que una imagen puntual, una metáfora del sistema corrupto de liberados de sindicatos, patronales, presidentes, alcaldes, rectores y diputados que primero roban la billetera, después señalan a carteristas anónimos y finalmente expulsan gitanos mientras se creen, encima, protagonistas de nuestro ansiado Yes, we can. Qué poquita vergüenza. Cuánta caradura.
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