Aunque matizadas ayer por portavoces del Vaticano, la aceptación del uso del condón en determinados casos expresada por el Papa Benedicto XVI en un libro-entrevista que verá la luz mañana; supone un paso adelante de la Iglesia en relación a los métodos anticonceptivos. Numerosos teólogos y diversas personalidades eclesiásticas ya habían manifestado opiniones similares a la del Papa, pero nunca antes se habían escuchado con una claridad tan meridiana en la boca de un Papa, aunque sea en una forma coloquial y no de magisterio doctrinal.
De todas las incursiones de la Iglesia en asuntos de sexualidad, el de la anticoncepción es acaso el de mayor trascendencia. No en vano la doctrina de la jerarquía eclesiástica marca la conducta de centenares de miles de feligreses en las zonas más pobres del planeta y, al mismo tiempo, las más castigadas por las enfermedades de transmisión sexual. Por eso, una palabra del Papa puede surtir más efecto para frenar epidemias letales que las campañas de higiene y concienciación laicas más esforzadas.
Es lógico, por tanto, que la ONU se felicite por las palabras de Papa, que no son, obviamente, revolucionarias, pero sí representan un avance con respecto a la realidad de los tiempos. Del mismo modo, es de esperar que, con parecido afán por la claridad y la condena, el Vaticano se manifieste contra los casos de pederastia entre los sacerdotes.
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