XAVIER COLÁS
El tío Woody, así lo llama mi amigo Tete al señor Allen. Tal vez porque mi amigo siempre anda hambriento de más y más sabiduría: de la de sonreirse o incluso partirse la caja. Y es siempre el tío nosecuantos y la tía nosecual los que nos daban esos caprichos. De frases y de pelis no se vive, diría papá. Pero sin ellas no se viviría tan bien. Con el Tío Woody y con cualquier otro pasa lo mismo.
“La realidad es un asco, la odio, la odio; pero ¿en qué otro sitio se puede encontrar un buen bistec para la cena?", ha dejado dicho Allan Stewart Königsberg, que así se llama el genial director de cine. Por su filtro de ironía y pesimismo ha ido pasando todo, desde la política al sexo: “La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visitaba la Estatua de la Libertad." No repetiré aquí la sarta de genialidades, pero sí confieso que tengo curiosidad por saber qué escribiría de cosas como la huelga de pilotos que se avecina o los vaivenes del agonizante Zapatero, que un día nos recorta y nos privatiza y al día siguiente vuelve a levantar el puño.
“Odio ser bipolar: es genial”, alguien escribió el otro día en Facebook. Y por ahí rebota la frase, que podría vestirse de mármol para nuestro presidente. Las redes sociales han sumado gota a gota la ironía que van destilando algunos clásicos. Y mientras los periódicos dejamos de ser aquello que Arthur Miller describió como “una nación hablándose a sí misma” en las pantallas de ordenador se va dibujando, entre mucha basura sentimental o gruñido agresivo, un nuevo intelectual colectivo. Cosas que salen de muy dentro y se quedan colgadas en las alturas, con las que tanta gente se identifica y que se multiplican junto a su perfil.
Creo que por fin, las masas hablan. Espero que nunca hagan callar a los genios, pero ya es posible el sueño de ver a una multitud escribir una novela, una canción o concebir una película. Nos hemos arracimado como las cerezas, pero con un orden que crea algunas cosas prodigiosas.
Igual que las neuronas del tío Woody, que ayer cumplió 75 tacos, chispean al chocarse. Y que sea por muchos años. ¡Viva Brooklyn!
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