Historia de bomberos y percebes
por Paula Ballesteros

JUEVES 30 DE DICIEMBRE DE 2010 A LAS 08:23 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Por Paula Ballesteros


Filósofo, crítico literario, colaborador en varios medios culturales. No le gusta la celebridad, le gusta escribir y ver su nombre al final de lo que escribe. Sobre todo, dice, escribir es "volcar en las palabras, construyendo frases con sentido para el lector, aquello que observo, pienso y me hace sentir".

 

Narbona comunica con su prosa la curiosidad de aquellas cosas que sin proponérselo analiza. Con su lectura compiten lo que él expresa y lo que nos hace sentir, dejando que cada lector ponga parte de sí mismo con total libertad. Hoy, sin intentarlo, provoca nuestro juicio con su sarcasmo certero cargado de "esto es lo que yo pienso, pero Vd. tiene y debe hacerlo por sí mismo".

 

Es Rafael Narbona, la firma invitada de 'Causa Abierta', vestida esta vez con los ropajes navideños de un cuento con mucha miga.

 





Historia de bomberos y percebes (I)

Por Rafael Narbona

 

Los percebes no saben inglés. Los bomberos tampoco, pero odian a los percebes porque se niegan a decir “yes”. Si no sabes inglés, puedes disimular. Es suficiente sonreír con cara de circunstancias y asentir con la cabeza. Si no lo haces, puedes perderla. El inglés es la cuchilla de una guillotina particularmente obstinada, que no cesa de subir y bajar para limpiar el mundo de nostálgicos, sentimentales e inconformistas. Los bomberos no son nostálgicos. Sólo miran al futuro y no se cansan de pensar en los niños. ¿No sería mejor un mundo sin libros? ¿Por qué angustiar a los jóvenes con absurdas disquisiciones filosóficas? La vida no es un sueño. La vida es una letra de El Corte Inglés.

 

Los percebes son un obstáculo para el progreso de los pueblos. Protestan por todo, se obsesionan con las menudencias (una coma aquí, un acento allá, una “b” en lugar de una “v”), patalean como histéricos. Los percebes no entienden nada. No entienden que los niños serán más felices con un equipaje ligero. Si acumulan muchas palabras, no sabrán qué hacer con ellas.

 

George Bush cambió la historia con un centenar de frases. Cuando aseguró que “el futuro será mejor mañana” y que “los hombres y los peces pueden coexistir”, nos enseñó algo esencial. Nos hizo ver que el lenguaje sólo es una mochila cargada de piedras. El lenguaje nos impide avanzar, nos confunde y nos hace dudar. Si quitamos las piedras, caminaremos más deprisa y llegaremos antes al futuro. George Bush soñó con un mundo sin paradojas ni anfibologías. Las palabras son como la madreselva. Si no las recortas, invaden hasta el último rincón. Los bomberos son los jardineros de un futuro que mantendrá a raya a las palabras.

 

 

 

Los bomberos son los operarios de una utopía que ya ha producido sus primeros brotes. Los libros comienzan a ser cuestionados. ¿Por qué escribir mil páginas si puedes explicarlo todo en un práctico manual de instrucciones? ¿Por qué leer el Ulises si Ken Follet escribe mucho más claro? No hace falta ser inteligente para que una chica se fije en ti. Si estás fuerte y bronceado, frenará su descapotable y girará la cabeza. Se pondrá de pie y te mirará con descaro. A las mujeres, no les gustan los intelectuales, sino los tíos cachas y parcos en palabras.

 

Los poetas son más peligrosos que los percebes. Los poetas son fatuos, presuntuosos, retorcidos. Si viajas en un bonito yate, no se te ocurre mirar el Atlántico y afirmar que el agua se hace transparente al pasar por “una errante corona de sargazos”. Sólo un criminal puede escribir algo semejante. O un percebe con arrebatos líricos. Un moderno crucero no cabecea lentamente en el agua hasta adormecerse. Los cruceros no duermen. Esa idiotez sólo enturbia la mente de los niños, que ya no se fijan en los escaparates de las tiendas, sino en cosas tan absurdas como el olor de la tierra después de la lluvia o el cielo purpúreo del atardecer. El único resplandor que debe grabarse en la memoria de los niños es el resplandor del fuego que librará al mundo de percebes, poetas y conspiradores.

 

En el futuro, los libros de Ken Follet serán esos clásicos que leeremos “con previo fervor y con una misteriosa lealtad”, pero habremos avanzado un paso más allá. Los libros encogerán hasta adquirir el tamaño de un prospecto. Un niño de cinco años podrá comprender su significado. ¿Se puede imaginar algo más hermoso? Los seres humanos vivirán una infancia perpetua, donde será suficiente decir “yes”, “no” o “maybe”.

 

Los percebes son una rama en la rueda del Progreso, pero son una rama frágil y endeble. Se romperá y no quedarán más que astillas. Los bomberos las recogerán y las utilizarán para hacer fuego. Después, se calentarán las manos escuchando los chasquidos de la madera. El bombero jefe escupirá sobre las cenizas y celebrará su triunfo sobre los percebes. “Dentro de poco, no seremos necesarios. Los percebes caerán uno a uno.

 

Podremos guardar los lanzallamas y mirar cómo crece la hierba. Es algo apasionante. Y si me aburro, ya buscaré algún entretenimiento. Tal vez empiece a estudiar francés. Creo que las mujeres se vuelven locas cuando escuchan: Je t’aime. Si consiguiera recordar cómo se llamaba esa francesa que cantaba Je t'aime... no sé que más. No he escuchado nada semejante. Te corta la respiración. Yo lo soltaré por si las moscas: Je t'aime, Je t'aime. Si lo dices dos veces, suena mejor. Seguro que pica alguna".

 

 

 



Si algún compañero le advierte que en el futuro sólo se hablará inglés, el bombero jefe se reirá: “Nosotros somos el futuro. Podemos hacer lo que se nos antoje. Yo no sé inglés. Tampoco pretendo aprender francés. En realidad, no tengo mucho que decir. Tal vez por eso he llegado hasta aquí”.


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