Vida sin humo
por Uno de la Redacción

VIERNES 14 DE ENERO DE 2011 A LAS 18:05 HORAS
Opinión > Política
 
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ALONSO GUERRERO

 

Hace años empecé a fumar porque era la única forma de acercarse, en las últimas filas del cine de verano, a Lauren Bacall. Si ella vive eternamente, por qué voy yo a morirme del tabaco, me preguntaba. Todo el mundo sabía, sobre todo Bogart, que aquel gesto de extraer un cigarro de la cajetilla llevaba a la felicidad eterna. Fumar fascinaba. No importaba que los jinetes de Marlboro nos vendieran la muerte, la aceptábamos porque la única libertad que nos quedaba era la de diñarla si nos daba la gana. Nadie dejó de fumar al oír aquel estremecedor Don't smoke de Yul Brynner, poco antes de morir y, de hecho, íbamos al hospital a visitar a nuestros familiares enfermos para fumar en sus narices.

 

Dejé de fumar hace años, mucho antes de que esta ministra de sanidad sacara en el BOE sus juegos de colorear, tipo Hello Kitty. Lo dejé por la simple razón de que era yo quien lo decidía. Nunca me importó que alguien hablara a mi lado, en un bar, fumando, si lo hacía sobre la condición humana. Morir por los cigarros de otro era tan amenazante como morir en un paso de cebra, y sigo pensando que el azar está por encima de cualquier ley, por imbécil que ésta sea. 


La salud pública es importante, pero aún hay gente que la palma en la lista de espera de los hospitales. Sería alentador que, a la vez que se previene el gasto económico que suponen los tratamientos de las enfermedades del tabaco, se tratara a los enfermos de las enfermedades que ya tienen. Esta clase política está empeñada en limar las libertades de todo el mundo, por perjudiciales que sean, para eso son libertades. Ahora que se retrasa la edad de jubilación, en el Congreso se aprueban leyes que parecen condenarnos a llegar a esa edad. Sin eutanasia legal, sin poder fumar más que cuando echamos un solitario en casa, sólo nos va a quedar, si pretendemos abandonar pronto este mundo, ver algún programa de Telecinco.


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