El progreso no termina con la miseria, simplemente la esconde. Nuestras ciudades plagadas de contenedores para la basura disimulan la podredumbre de un sistema que no ha conseguido la justicia social que todos querríamos para dejar como herencia a nuestros hijos.
Reciclado y calentamiento del planeta ponen la penitencia en nuestra vida para un pecado que no sabemos cuándo y cómo hemos cometido. Hemos tenido que aprender para qué sirve cada color de los contenedores de la basura que afean el paisaje urbano. Con la disciplina del niño pillado en una falta, arrojamos los detritos en cada uno de ellos debidamente separados en casa. Hasta para la mierda tenemos que pensarlo dos veces.
La decepción de quien intenta ser buen ciudadano y aprobar la asignatura “para la ciudadanía” dando ejemplo a sus hijos, la disimulamos como podemos pasando de largo ante los desperdicios que se acumulan alrededor de esos mismos contenedores. La pregunta que callamos insultando a la razón, golpea la conciencia del más templado ¿para esto separo el papel de los envases y acumulo botes de vidrio, para esto tengo mi casa llena de cubos? sin embargo seguimos haciendo lo mánsamente correcto.
El trapero , otra víctima del ¿progreso? en este 'Callejeros' interesante
El sistema nos toma el pelo y lo sabemos pero nos tiene cogidos por donde más duele. Los hijos, como delatores involuntarios, estudian la “educación para la ciudadanía” y te llaman la atención, si te sublevas. A ver cómo les dices tú, cuando te acompañan a tirar la basura, que la norma está incompleta, que estás hasta las narices de sentirte culpable porque las empresas encargadas de mantener limpio el entorno, están cobrando por algo que no cumplen y te exigen además que te guardes la basura en las narices, perfectamente separada, hasta que a ellos y al Ayuntamiento que cobra por recoger tu basura, tengan a bien realizar por lo que cobran.
Culpamos al vecino de que se libra a cualquier hora y de cualquier forma de lo que le sobra: colchones, muebles viejos, botellas delatoras de la fiesta que se ha montado en la planta superior a tu casa, embalajes de lo que los Magos les han dejado a los niños y es cierto, somos guarros y desconsiderados. Algunos pasan de puntos limpios, otros “la educación para la ciudadanía” les ha pillado tarde y abren el grifo para afeitarse sin sobresaltos de pequeños delatores.
El progreso no garantiza la educación y la mejor forma de adquirirla es con el ejemplo que no recibimos de quienes tienen una jugosa empresa a costa de nuestra basura, dinero y sentimiento de culpa. Los contenedores, monumento a la inmundicia de la sociedad, levantan osados su imagen en cada rincón de las ciudades, recordando la tomadura de pelo que es reciclar, pagar y tener que pasear entre la mierda.
Hace no demasiados años, la basura, la nuestra, creaba honrados y sacrificados puestos de trabajo: el trapero, como aquellos serenos que arrastraban el chuzo avisándote de su cercanía, poblaban la ciudad por la noche y junto a los bohemios y mujeres de mala vida (algunos dudan del calificativo, personalmente y como mujer, pienso que se está mejor en la cama durmiendo que aguantando a un baboso para poder comer).
En las noches de verano, con los balcones abiertos, el traqueteo del carro de la basura tranquilizaba los sueños de algunos, aportando la cotidianidad de las cosas sencillas. Ahora los frenazos del camión de la basura, el escándalo al descargar y dejar el contenedor, provoca el lenguaje altisonante de cualquier bella durmiente.
Los traperos, burro y carro, tenían su zona de trabajo delimitada y ninguno de ellos traspasaba la linea que pertenecía al otro. Alrededor de la basura florecía otra empresa, las llamadas traperías que se surtían de “la Busca” y que consistía ni más ni menos en el tan cacareado reciclaje con el que amenazan nuestras conciencias.
Áun sobrevive alguno de la vieja escuela, pero es simbólico
Aquel reciclado lo llevaban a cabo los traperos, separando trapos, cartón, botes etc y llevando a un lugar de techos altos (las naves de ahora) aquel papel y trapos que se empaquetaban y se vendían según las necesidades del comprador.
Los trapos se utilizaban en muchas fábricas para limpiar la grasa, por ejemplo en talleres de reparación. Aquellos negocios cumplían con varias funciones sociales:los chicos acudían a sacarse unas pesetillas vendiendo todo el papel que durante meses habían acumulado en su casa, recolectando de cualquier sitio, incluso de los envoltorios que sus madres traían con la carne, cuando venían de comprar víveres.
Llegó el progreso y con él se perdieron puestos de trabajo, las noches de cualquier ciudad silenciaron el sonido del chuzo del sereno, sustituyéndolo por el del radio casete a todo trapo que se puso de moda. Los borricos entraron en peligro de extinción y las ruedas de los carros como adorno en jardines a la moda.
Aquellos carteles anunciando "TRAPERÍA" dejaron de ser reclamo para los chavales. El papel como las botellas vacías que se devolvían a la tienda donde se había comprado el vino o la leche, ya no tenían precio.
En aquel suceder de las cosas cotidianas no era extraño que las amas de casa separasen los alimentos en buen estado si sobraban para dárselo al trapero: las vecinas de la calle ejercían la solidaridad de forma tan espontánea como para merecer este nombre. Bajaban hasta su puerta la basura, el plato de comida para el trapero y charlaban entre ellas esperando a que el carro se acercase a su portal.
Ahora el progreso obliga a que reciclemos en casa, tortura la conciencia, transportas la basura cargado con bolsas que te obligan a cultivar la memoria para depositarlas en el monumento a la basura correcto, pagas tasa de basura y sin conocer quién y cómo se beneficia de tu comportamiento cívico. Eso sí, sabes que el vidrio tiene muchas vidas, que el papel de propaganda que meten en tu buzón, lo tienes que guardar para un chisme de color azul y que las traperías, donde las ratas anidabana antes, ahora tienen colores para recordarnos lo mierda que somos.
Traperos, la elocuente obra de Guiérrez Solana
Desde el tiempo de Fernando VII, la miseria envuelta en calamidades y privaciones era consustancial con extensas capas sociales madrileñas. La gente abandonaba aldeas y pueblos, pensando que las ciudades eran la solución. La miseria en Madrid no cesaba de aumentar a las puertas del siglo XX con la llegada de gente que se instaló en los arrabales, que hubieron de construir casas y calles embarradas en parajes en que sólo había campo. Ni fuentes ni desagües.
Las industrias eran escasas y se ceñían a pequeños talleres. En las imprentas trabajaban los obreros más cualificados: los tipógrafos como Pablo Iglesias. Abundaban los albañiles, que entonces se conocían por ladrilleros, lo propio en una ciudad que no cesaba de crecer, seguido de lavanderas y traperos. También había muchos pobres de solemnidad que pedían por casas, calles e iglesias; los indigentes y menesterosos que carecían de lo imprescindible para vivir; los pedigüeños y pedigones que además de pedir con frecuencia e importunidad, lo hacían con especial insistencia. Son éstas las definiciones oficiales del diccionario.
Madrid se dividía municipalmente en tres extensas zonas. Una, la central, radial desde la Puerta del Sol. Era la ciudad de la vida tertuliana de los cafés, de los magnicidios y de la apertura de la Gran Vía. Otra era la de los ensanches con la creación de barrios como Chamberí, Salamanca y Argüelles, en que tanto moraban intelectuales como funcionarios como costureras, y una tercera zona denominada el Extrarradio, la ciudad perdida más allá de la Glorieta de Cuatro Caminos y de las rondas de Atocha, Valencia y Toledo, cuya extensión triplicaba al resto y que los sucesivos ayuntamientos no sabían como controlar.
Hasta casi finales de los 70 hubo traperos en Madrid, según un blog recomendable
Tierras había en todas direcciones y la gente no cesaba de llegar desde el empobrecido medio rural. Adentrarse en aquellos parajes era casi hacerlo en la ciudad recóndita jamás visitada por los madrileños del centro, espantados por temores imaginados acerca de unas gentes que preferían verlas alejadas. Los barrios de las Injurias, las Cambroneras, las Carolinas, las Ventas del Espíritu Santo, etc. eran mencionados con espanto y horror por literatos y periodistas, que dejaban traslucir sin miramientos la incomunicación insalvable entre los ámbitos sociales, que explotó trágicamente en la guerra civil de 1936.
Miseria, míseros y miserables fueron materias literarias recogidas acertadamente tanto por Vicente Blasco Ibáñez como por Pío Baroja, dos intelectuales abotagados en un Madrid aburrido y fútil que en sus andanzas se toparon con los barrios del Extrarradio, “los suburbios de la villa y los yermos de los alrededores, con sus altozanos amarillos cubiertos de rastrojos y sus edificios diseminados”, escribió Blasco Ibáñez.
Paisaje madrileño que aunque debió de ser bello y atractivo, acabó en paisaje de “la miserable horda suburbana” descrita en dos de las novelas de hace un siglo que más debieron de impresionar a una sociedad madrileña que vivía al margen de “un mundo ignorado por la generalidad de las gentes.”
Pío Baroja se aburría en las eternas tertulias de café, monopolizadas casi siempre por las excentricidades de Ramón María del Valle-Inclán. Baroja detestó siempre cualquier atisbo de bohemia calculada y artificial, como la de Alejandro Sawa. Baroja era persona poco sedentaria y sí andariega y solitaria.
Anduvo mucho; en Madrid debió de recorrerlo todo, incluso hasta alcanzar los altos de Carabanchel. Su mapa madrileño fue muy completo. Estaba claro que visitó con mayor asiduidad las márgenes del Manzanares y el entorno de la Sacramental de San Isidro, al otro lado del río por el puente de los Pontones. Blasco Ibáñez tiró por el lado contrario, y en sus escapadas desde su casa del Paseo de la Castellana llegó a la encrucijada de Cuatro Caminos y a los barrios aledaños de Tetuán de las Victorias y La Ventilla, y allí descubrió lo que denominó “la miserable horda suburbana”, expresión que puede parecer despectiva, pero que concuerda con lo que indica el diccionario de la Real Academia, que define “miserable” como la persona “desdichada e infeliz, abatida y sin valor ni fuerza”.
El trapero era un personaje popular que vivía o que sobrevivía en la periferia. El trapero y su carro, que tiraban burros o mulas, se encargaba a diario de la labor de la recogida por Madrid de todos los materiales que fueran de utilidad para ser vendidos una vez clasificados.
Las montañas de desechos que quedaban esparcidos en los descampados de sus barrios, les servían aún a otros para proseguir con la penosa labor de la “busca”, que consistía en escarbar y escarbar en la basura para recoger lo que hubiera de aprovechable, como latas, botellas o pedazos de muebles que llevar al fuego, expuestos por lo demás a contagios seguros de la peor especie por manipulación directa e inhalaciones. Eso mismo sigue haciéndose en algunos países, y con menores hurgando en todo lo imaginable.
¿Eran pobres de solemnidad los traperos, según la expresión a la vieja usanza? El trapero no dejó nunca de ser un pobre que malvivía o que sobrevivía, pero por mal que le fueran las cosas, en su entorno pululaban estratos sociales más bajos, como los mendigos, limosneros y pordioseros de que hablaba Pérez Galdós, que eran legión.
El trapero de La Horda de Blasco Ibáñez parecía no quejarse de la vida: “Él tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien.” El trapero de Baroja, lo mismo: “Con las sobras podía engordar como un fraile si le gustase comer. El señor Custodio sacaba para vivir con cierta holgura; tenía su negocio perfectamente estudiado. Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital”.
Al vagabundaje le pareció a Baroja que se dedicaban los traperos, cual si fuesen a emprender en la aventura diaria de la bohemia, lo que no dejaba de ser un rasgo romántico alentado por la imaginación. Los trazos que identificaban al trapero madrileño de Baroja eran los de un personaje con nombre y apellidos, conocido en los ámbitos que frecuentaba en su trajinar diario por calles y plazas de Madrid.
No sólo ha cambiado el tratamiento de la basura: tampoco se escribe ya igual
No era trapero cualquiera que se subiera a un carro. Sin el registro previo en el ayuntamiento no había traperos. Llegaron a autorizarse hasta 4.000 a la vez. También los carros tenían que estar debidamente identificados, y hasta hay que suponer que las zonas a las que acudían para acarrear con los desechos urbanos estaban determinadas de antemano. Todo estaba calculado: desde los itinerarios a los materiales y a las cantidades que podían acarrear. Podía pensarse entonces que eran una suerte de funcionarios públicos.
Baroja lo puso de manifiesto claramente: “El trapero tenía sus itinerarios fijos y sus puntos de parada determinados”. Blasco Ibáñez lo llevó más lejos concibiendo a los traperos como “una horda prehistórica que huyese llevando a la espalda el hambre, y delante como guía el anhelo de vivir.”
Las basuras en general de una ciudad, de cualquier ciudad, se terminaban de formar al cabo del día. Así sucedía en las casas tras las cenas, en las pensiones y en los mercados de abastos. Todo se depositaba o se arrojaba directamente a la calle, o se guardaba toda una noche en cuartos oscuros a la espera de que pasasen los traperos.
El trapero tenía que dormir como todo el mundo, pero lo imprescindible porque se levantaba siempre a media noche, primero para preparar los cestos, el carro y el burro o la mula, y segundo porque viviendo como vivían en las afueras de la ciudad; en los barrios del Manzanares y de Tetuán y La Ventilla, antes de que asomase la luz del día ya tenía que estar rondando las calles de Serrano y de la Puerta del Sol. Pío Baroja: “Se levantaba el señor Custodio todavía de noche, enganchaba el borrico al carro y comenzaba a subir a Madrid.”
Los carros de los traperos eran la herramienta primordial. “El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con su chapa y su número, y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y espuertas”, escribió Baroja acerca del carro de su protagonista, el señor Eusebio.
“Sus ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño”, anotó Blasco Ibáñez. Tener carro y animal de tiro ya suponía una diferencia social con respecto a los que no tenían, forzados a ir en busca de las basuras con el saco al hombro o montados en el animal.
Blasco Ibáñez: “Los más pobres no tenían carro, y marchaban a lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones destinados a la basura.” Comenzaba el día y comenzaban también las rivalidades personales. “Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras, como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de ella” (La Horda).
A los animales también dedica Blasco Ibáñez una sorprendente descripción: “El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana. Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia.”
Los traperos eran hombres en su mayoría, pero también hubo muchas mujeres. Blasco Ibáñez decía que “las matronas de «la busca» pasaban erguidas sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.”
Frecuente era ver a traperos y traperas con ayudantes: hijos, sobrinos, vecinos…, que se encargaban de vigilar los carros en las calles o de subir a las casas a recoger lo que les diesen. La trapera de Blasco Ibáñez “como estaba sola, tenía a su servicio un muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. Él cuidaba del burro, él guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a Madrid, él subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle del vehículo.”
No viene a cuento, o sí: esta otra novela de Blasco da para los toros y para la basura
La busca por la ciudad concluía a media mañana con el regreso de personas y carros a sus barrios alejados. Empezaba entonces otra tarea laboriosa, la selección de materiales que describe Baroja: “Regresaban por la mañana temprano; descargaban en el raso que había delante de la puerta, y marido y mujer y el chico hacían las separaciones y clasificaciones. El trapero y su mujer tenían habilidad y rapidez para esto, pasmosa. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eras latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible…”
Todo aquel material, incluso el orgánico, se descargaba en los lóbregos patios y cuadras. “A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de una tienda de trapos. El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas largamente cerradas. Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire”. (La Horda)
Patios, cuadras y las casas propiamente dichas de los traperos fueron descritas por ambos novelistas. Baroja decía del lugar en que se asentaba la casa del señor Custodio: “Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de escombros.”
Mucho más tremebundo, casi rozando lo inverosímil, fue Blasco Ibáñez con la clase de materiales de construcción: “Todos los despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida diaria en Madrid. Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que servía de chimenea.”
El trapero hacía más cosas para incrementar ganancias. Solía criar cerdos, gallinas y conejos, que alimentaba con restos de las comidas que recogía por la ciudad en casas particulares pudientes, pensiones, mercados y fondas. Blasco Ibáñez: “En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid. Por las puertas entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.”
También no había día en que los traperos conseguían que los obsequiaran con alimentos cocinados o no, pero para su consumo personal. Blasco Ibáñez el caso de una trapera que “al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina.”
Éste es, íntegro, el documental 'Obsolescencia programada': cómo se rompe todo para obligarte a 'reciclar'. Es decir, a consumir. Y esto lo toleran los mismos que te ponen los contenedores azules, verdes o amarillos. Echamos de menos al trapero.
Lo que más me llama la atención es esa culpa que nos venden, que tan atinadamente se menciona en este espacio. La Ciudad, como llaman a la administración pública en California, hace cuantiosas campañas para "separar: la basura y enseñarnos a reciclar. Pero en la frontera mexicana permite los vertederos tóxicos sus empresas. No son pocos los niños con cáncer por la basura de los consorcios. El Océano Pacífico tiene más bolsas de plástico que todos los WalMart juntos. Saludos.
Eso me he preguntado muchas veces Paula, nos mandan reciclar todo. Creen que tenemos en vez de pisitos, palacios para poder meter en nuestras bolsas del super, los papeles, botellas, plasticos etc. Ponemos, los que tenemos terraza, contenedores para poder tener separadas las cosas, pero al final nos resultan pequeños de tanto reciclar, ya que cada día resulta incomodo ir con siete bolsas diferentes para poder tirar todo los residuos. Y como dices, luego cada año te suben los impuestos de recogida de basuras. ¿No les ahorramos el reciclaje nosotros?. ¿Porque no los bajan en vez de subirlos?. Les ahorramos el trabajo de un montón de personas que antes se ocupaban de ello. En fin, una más de las estrategias de nuestros gobernantes para sacarnos el dinero y llevarselo ellos a sus bolsillos.