PEDRO P. HINOJOS
Para el estreno nacional de su nuevo espectáculo, el famoso ilusionista Anthony Blake puso patas arriba el Teatro Salón Cervantes en los días previos. Dicen que trabajaba hasta la madrugada y con la menor compañía posible, dos condiciones imprescindibles para invocar a los fantasmas, que de eso van sus nuevos números. Además, para acomodar a tanto alborotador del más allá, era imprescindible alterar el espacio y la atmósfera muelle que se respira en la platea de la calle Cervantes. El dominio de la escena es vital para el artista que se dedica a torcer las leyes naturales y a hurgar en la fantasía de los espectadores. Hasta el punto de que llegan incluso a poner en juego su físico, que para los de este oficio es tan importante o menos que la integridad de su honor de mentalista.
Hollywood lo ha retratado recientemente en El ilusionista y El truco final, dos películas plagadas de guapas estrellas de la industria del cine que, a su modo, mostraban la trastienda angustiosa, desgarradora y sublime de un espectáculo que, por encima de todo, es único e incomparable. De ahí que, junto al teatro, la magia y el ilusionismo resistan tan bien las acometidas de un presente en el que los trucos de la tecnología todo lo copian, repiten y vuelven a copiar. Nada había entre el público afortunado, que nos dejó a otros muchos sin entrada, y la exagerada (y estudiada y necesaria) pose misteriosa y magnética de Blake en la esperada velada de estreno en el Cervantes; pero sí muchas fuerzas invisibles, propiciadas por la sugestión y las emociones. Éstas no fueron suficientes, sin embargo, para que la totalidad del respetable que gastó su dinero para asomarse al otro lado quedara satisfecho con lo visto y no visto. Faltaba ritmo, hubo pocos números, el ilusionista se enrolló demasiado... Pero incluso así, nadie ha sido capaz de contar qué sucedió exactamente entre las sombras del teatro, que de eso va el secreto del éxito milenario y abracadabrante del arte del nada por aquí nada por allá. |