La prisión más grande del mundo
por Fernando Couto

VIERNES 4 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 19:49 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Por el testimonio de su esposa, obtenido mediante tortura, Janusz (Jim Sturges) es condenado en 1940 a 20 años de reclusión en un gulag soviético al norte del lago Baikal. Una vez allí, organizará la fuga de un grupo internacional de siete presos, primero hacia Mongolia y, en último término, hasta el imperio británico en la India; una huida a pie de más de 6.000 kilómetros desde Siberia al Himalaya, a través de los territorios más hostiles del hemisferio norte. Camino a la libertad cuenta este insólito viaje.

 

Dirige y coguioniza el veterano australiano Peter Weir (El show de Truman, Gallipoli, Master & Commander: al otro lado del mundo, Único testigo), que aprovecha los hermosos, espectaculares y diferentes paisajes para poner en contexto la auténtica dimensión de los seres humanos: criaturas minúsculas que precisan colaborar entre sí para sobrevivir en la inmensidad natural, ya sea la taiga nevada, la estepa sin fin, el desierto de arena o la cordillera más alta del mundo. No es extraño que entre las compañías productoras de Camino a la libertad figure National Geographic. La precariedad de medios (orientación por el sol, anzuelo hecho de alambre de espino) y las penalidades padecidas por los fugitivos (frío, sed, espejismos, infecciones, avitaminosis, muertes) quedan reflejadas con nitidez. Además de las imágenes, Weir hace buen uso del sonido para redondear la atmósfera del relato, ya sea el ruido infernal en la mina del campo de trabajo, ya sea el silencio total al cruzar el Gobi. 

 

En el reparto predominan los actores poco conocidos, lo que aumenta la sensación de verosimilitud. Las únicas estrellas son Ed Harris y Colin Farrell. El primero como un ingeniero estadounidense que fue a la URSS en busca de trabajo durante la Gran Depresión y el segundo como un urki, un delincuente común que admira a Lenin y a Stalin porque los considera unos modernos Robin Hood y que está tan tatuado como los vory v zakone de la excelente Promesas del este (2007) de David Cronenberg. Harris y Farrell actúan en sus registros habituales; sabiamente contenido el primero, tendente a desquiciado al borde de la autoparodia el segundo. Aunque es claramente un elemento para buscar la emoción del público, el personaje de Irena (Saoirse Ronan), una joven polaca que se une al grupo tras su escape, resulta efectivo y aporta humor e ilumina las diferencias de comportamiento porque con su curiosidad habla con todos y se entera de los detalles personales que ellos no demuestran ningún interés en preguntarse, como si fueran héroes sacados de una película de Ford o de Hawks. 

 

Grados de separación

Por una cuestión de escala sería bueno relativizar la soberbia luciferina latente en el mantra "nos-estamos-cargando-el-planeta". A lo que podemos aspirar es a destruir las condiciones medioambientales que hacen viable la especie humana. Nada que no se rehaga después de nuestra hipotética extinción en un parpadeo geológico. Ejemplos históricos no faltan, como muestra Jared Diamond en Colapso: cuando las antiguas sociedades humanas que las habitaban desaparecieron, Groenlandia y la isla de Pascua todavía estaban allí. Con perdón de Monterroso.

 

Fundido a negro

El día 30 de enero ha fallecido a los setenta y siete años el compositor inglés John Barry. Famoso por sus bandas sonoras de la saga de James Bond y de Memorias de África y Bailando con lobos, también compuso las de películas como Cotton Club, Fuego en el cuerpo, El hombre de Chinatown, Chaplin o Robin y Marian. Y el día 3 de febrero, a los cincuenta y ocho, la actriz francesa Maria Schneider que, aunque intervino en más de 50 películas, telefilmes y series, nunca reeditó el impacto que tuvo por su papel antagonista en El último tango en París (1972), película de Bernardo Bertolucci y de Marlon Brando, que fue un hito de modernidad para un par de generaciones por su tratamiento explícito del sexo y, en mucha menor medida, por sus diálogos influidos por una visión superficial del existencialismo y por la música de Gato Barbieri. No hay duda de que el tiempo es un juez implacable.  


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