PEDRO P. HINOJOS
Si mañana se proclamara la Tercera República y la familia Borbón se viera en la necesidad de partir con urgencia en dirección al exilio, un cronista como Jaime Peñafiel, que no para de repetir al auditorio invisible que él no es un cortesano, no tendría más alternativa que acogerse con triste júbilo a la jubilación. Tampoco les quedaría mucho que decir a esos comentaristas deportivos tan aficionados a incendiarse por la última mueca de asco de Mourinho en los debates nocturnos, donde dejan las charlas de bar a la altura de veladas científico-literarias; si el míster del Madrid decidiera sonreír y responder educadamente o, mejor todavía, si tomara el primer avión para entrenar en la liga de Qatar.
Y lo mismo vale para los pelotones de políticos, tertulianos y comentaristas que han hecho de la fijación gritona en los males terribles de la crisis económica o en la amenaza terrorista, por poner dos lacras lacerantes, su razón de ser hasta el regodeo: si lo que nos aflige desapareciera, o simplemente se aliviara, deberían buscar a toda mecha otro hueso que roer; y cuanto más duro y con tuétano, mejor que mejor.
Hace tiempo que quedó a la vista el plumero de aquellos que se postulan y actúan en y a la contra, por ser más cómodo y menos comprometido que ponerse a buscar razones con buena voluntad. En sociedades como la nuestra, con una devastadora tendencia atávica a dibujar el mundo en blanco y negro, triunfan más aún estas posturas, que para colmo son también de lo más rentables para los bolsillos de los protagonistas. Pero todo tiene un límite. Y la primera frontera que marcará el fin de este carnaval hostil y vociferente será el cansancio del personal, harto de catastrofismos, del cuanto peor mejor y del zumbido silencioso cuando se apagan el griterío y las luces, mientras el escenario de fondo continúa intacto entre las sombras. Eso sí, para que llegue esa hartura con los que viven para indignarse parece que todavía queda un buen rato. |