ANTONIO CAMPUZANO
El domingo fue en Murcia y, ahora, el auditorio de El Val es señalado como el segundo escenario donde el presidente José Luis Rodríguez Zapatero empezará a destilar ese fluido que no se puede definir ni analizar suficientemente. Consiste en un fenómeno sociológico que afecta a los ex-presidentes de Gobierno y a la ciudadanía española. Parece ser un caso verdaderamente excepcional en cuya virtud el primer mandatario de un país es vituperado con saña inigualable, con efectos colaterales que afectan a amigos, compañeros y familiares, aunque estén muertos. Ese ensañamiento, como segundo efecto, cesa en el momento en que el gobernante anuncia su retirada, para tornarse en un progresivo estado de comprensión, suavización argumental, habilitación para el entendimiento en un plano general e internacional en el que tendrán cabida todas las interpretaciones. Todo ello hasta conformar una opinión cada vez más extendida que terminará por validar al gobernante no ya como un ser humano honrado a carta cabal, sino como un hombre de su tiempo político que hizo por sus connaturales exactamente lo que había que hacer. Sucedió con Adolfo Suárez, ocurrió con Felipe González, y ocurriría con José María Aznar si no se empeñase en seguir en política y si no se empeñase en la simulación de un estadista. Así pues, el domingo fiesta en el pabellón municipal del Val, donde se exhibirá un abrazo prácticamente fraternal entre el Zapatero iniciado en el cariño de la España entera, tiempo al tiempo, y Tomás Gómez, pretendiente a la “corona" de la presidenta Esperanza Aguirre. Por cierto, Gómez, con el incansable eco del complutense Eusebio González, sigue con voluntad y/o ciencia –adivínese lo correcto– en que las cuentas electorales le salen. Entretanto, la sanidad y la educación en el territorio político de Madrid echan por tierra lo dicho en La cultura-mundo, Gilles Lipovetsy y Jean Serroy (Anagrama, 2010): “Se mantienen los criterios que definen a la derecha y a la izquierda, pero cada vez son más fluidos". Y, probablemente, el mitin terminará con un cerrado “Zapatero, quédate". |