Desde niños, desde que podemos tener algo de memoria, nos van bombardeando de mensaje de futuro: un futuro de trabajo, un futuro de responsabilidad, un futuro de retos y desafíos, que no siempre conseguimos ver cumplidos. Un futuro que en la publicidad se llena de sueños imposibles que, campaña tras campaña, van surgiendo como algo nuevo, algo necesario, algo inevitable. En la casa, en el colegio, en los medios de comunicación, en los libros, en las películas… continuamente nos bombardean con mensajes que nos enseñan a ser mayores.
El aprendizaje del trabajo se ha convertido en parte de nuestra sociedad y no imaginamos otro escenario. Incluso las fronteras son vistas como algo digno de atención, de un programa: desde los ni-ni a Belén Esteban, dos extremos de una misma cadena de vivir-sin-hacer-nada; de los jóvenes que han tirado la toalla a la joven que descubrió en su momento que tenía que ser algo más que la mujer de un torero (o en palabras de Ángel Martín, “la que un día se zumbó a un torero”) si quería seguir viviendo sin hacer nada. Pero, ¿quién nos enseña a vivir cuando dejamos de trabajar, cuando esa profesión que nos ha dado la vida (o que nos la ha hecho llevadera y en ocasiones posible) se acaba? ¿Cómo compaginar esta nueva vida del ocio, del tiempo libre con la dificultad económica de haber quedado fuera del mercado laboral, cuando llega el momento (inevitable, aunque se retrase) de la jubilación?
El horizonte de dejar el trabajo, la rutina, los madrugones y el cansancio acumulado de los años y la pereza de nuevas adaptaciones a un mundo que no deja de estar en continuo movimiento, resulta atractivo… pero nunca lo es cuando llega, cuando, por fin, llega. Se hace necesario un tiempo de transición, un tiempo de cambiar las rutinas que se han convertido a lo largo de los años en nuestra segunda piel por nuevas rutinas, nuevos modos de pasar y compartir el tiempo, de llenarlo. Hace años tuve la oportunidad de dar una conferencia para las dos asociaciones de mujeres hispanistas en Buenos Aires. Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque ya ha pasado un tiempo.
La conferencia fue en el Centro Cultural que la Embajada de España tiene en la calle Paraná. La media de edad de las mujeres hispanistas rondaría los sesenta años. Después de la conferencia me invitaron a cenar. Allí estaba todas (y algunos pocos hispanistas masculinos) con sus mejores galas y sus más estudiadas sonrisas. Con el tiempo me enteré que este acto había sido de los pocos que habían realizado conjuntamente, pues eran dos asociaciones tan hermanas como distanciadas. En la mesa, me sentaron entre las dos presidentas, y una de ellas se pasó toda la cena diciéndome, por lo bajo y casi murmurando: “no hagas caso a la otra presidenta, que ya es muy vieja y no sabe lo que dice”.
Como se pueden imaginar, si una tenía setenta años, la otra ya hacía tiempo que había apagado este mismo número de velas en su tarta de cumpleaños. Pero la cena, que amenazaba tormenta, se alegró con la presencia de una de las socias más ancianas (por aquel entonces podría tener ya los cien años), que destacaba por encima del resto por su vitalidad y por su memoria. Arqueóloga o amante de la arqueología, era capaz de recordar datos sorprendentes de principios del siglo XX, que ensartaba con anécdotas y comentarios.
Pero desde hacía unas semanas le agobiaba la presencia permanente de una vecina suya que se había quedado viuda, y que ahora no sabía hacer nada sola, que ahora se sentía deprimida porque había perdido el ritmo de su vida, esa vida que se había ido modelando al ritmo compartido de los días, de los meses, de los años. “Y como yo le digo”, nos explicaba a todos en la mesa. “Lo importante en la vejez es mantener intacta alguna manía. Yo, por ejemplo, tengo la manía de asistir a conferencias. Todas las mañanas miro el periódico y me organizo el día”. Manías y pasiones. Manías que permiten recuperar una rutina que el trabajo nos obliga y que luego, en la jubilación, se echa de menos.
En el Matadero de Madrid se está representando la obra “La averia”, con dirección de Blanca Portillo. Una obra en que jóvenes actores representan, de manera magistral, a un grupo de ancianos que han encontrado en una nueva rutina una razón de vivir: reunirse cada cierto tiempo para celebrar un juicio, recuperando así sus profesiones, sus inquietudes, su experiencia y su conocimiento. Un juez, un fiscal, un abogado defensor… y un verdugo, acompañados de una magnífica cocinera que llena sus juegos de delicias culinarias. Un juego inofensivo en que daban cuenta de los grandes acontecimientos de la historia, un juego que les había devuelto la fuerza a la sangre y la esperanza en las miradas.
Pero en una de esas reuniones se va a producir una avería: o mejor dicho, la avería de un coche hará que esa reunión sea diferente, ya que en el juego entrará un nuevo jugador, el que faltaba para que todo juicio tenga sentido: el detenido, el reo. Una obra que trata de los valores universales de la justicia, de cómo todos podemos tener un juicio pendiente (lo sepamos o no) y cómo todos podemos aceptar el veredicto que nos hayan dado, por más que sea tan solo un juego, un juego.
La vida está llena de etapas. La vida está llena de sorpresas. La vida está siempre a un palmo de que, por una avería, se trastoquen nuestros planes, ese ritmo en que se ha convertido nuestra vida a toque del ritmo del trabajo… la vida es frágil. Y nunca sabremos en qué punto de su cuerda está el punto débil por donde se pueda romper. Por eso es necesario vivirla completa y plena, mientras estemos trabajando, cuando llegue el momento de la jubilación. |