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Pedro P. Hinojos
A la vez que cofrades y devotos finalizaban a paso ligero la agitada procesión del Cristo de la Columna, corrillos de gente salían atropelladamente de los bares al grito de “¡Polaco el que no bote!”, mientras el cielo se iluminaba con los fogonazos de relámpagos de película de terror. Ese fue el escenario extraño y casi sobrenatural del que se despidieron muchos paisanos en la noche del pasado miércoles por la noche.
Pero no deparó muchas más sorpresas ni diversiones lo que quedó del puente para los que aquí se quedaron. Ya lo advierte con mucho tino el refranero con aquello de ‘Vísperas de mucho...’. El guión de nuestra Semana Santa se ha cumplido sin apenas desviaciones con arreglo a lo previsto: salieron muchas más procesiones de lo que el pronóstico meteorológico prometía; casi todos los cabezas y cabecillas de los carteles del próximo 22 de mayo desfilaron puntualmente por las calles, con la tregua tácita de no denunciar tanto exhibicionismo ante el registro de la junta electoral; y en todos los rincones de la ciudad, incluidos los más céntricos, se volvió a obrar el maravilloso milagro de escuchar algún eco del silencio más absoluto.
Estampas más propias de un lugar triste y provinciano, dirán algunos. ¿Y qué? Responderán otros. Por fin se ha podido aparcar bien o pasear sin agobios, que también son cosas de agradecer incluso en una Ciudad Patrimonio de la Humanidad deprimida y solitaria. Y no pensar en nada, que resulta de lo más saludable de vez en cuando. Sobre todo cuando la astenia primaveral se confabula con tardes de lluvia interminable e impenitente, como ha sucedido en los últimos días. Pero ya pasó y ayer regresaron casi todos a su puesto, engañados quizá con la última visión que se llevaron en la retina en la medianoche del miércoles. Lo mismo el paso de las borrascas les ha fastidiado lo mejor del puente y se han pensado que por aquí hemos estado divirtiéndonos de bote en bote como unos polacos. |