Desde la megafonía no dejan de escucharse mensajes: Se necesitan tres carpinteros voluntarios, por favor. Gracias. Y al rato: Se necesitan diez voluntarios para mantenimiento. Gracias… En el centro de la plaza, en esta plaza bautizada como “Solución”, se ha improvisado un espacio con el micrófono siempre abierto para que cualquiera pueda expresarse: tan solo hay que levantar la mano, esperar el turno y coger el micrófono. Una mujer de unos cuarenta años cuenta sus problemas en su fábrica e insta a todos a no olvidar que la situación de ahora ya se arrastra desde hace tiempo. Se la nota nerviosa y en ocasiones se le quiebra la voz, pero no quiere abandonar el micrófono y callarse lo que tanto tiempo lleva pensando en silencio. Al final, recibe calurosos abrazos. Hace calor, mucho calor en la Puerta del Sol.
Es sábado. Un sábado de reflexión. Un sábado de sorpresas. Jóvenes con garrafas de agua fresca recorren las filas y los grupos ofreciendo un poco de alivio, e incluso un voluntario, con una amplia sonrisa, ofrece protector solar. Nada se ha dejado a la improvisación. Nada. Varios voluntarios, con escoba en mano, no dejan colilla suelta en el suelo y nunca la Puerta del Sol ha estado tan limpia, tan llena de vida como lo está desde hace una semana, cuando un grupo de personas después de la manifestación del 15 de mayo decidieron no acabar sus protestas con el éxito de convocatoria y el enfrentamiento cruzado del número de asistentes, sino que creyeron necesario pararse un momento y reflexionar, quedarse en la plaza y seguir reflexionando.
El campamento, con sus plásticos azules, que les sirven tanto para protegerse de la lluvia como del sol, se ha convertido en una pequeña ciudad, en una improvisada comunidad en que cada pieza parece haber encontrado su espacio. Nada se ha dejado al azar, a la improvisación, como si estos jóvenes que, al parecer nada sabían del mundo, nos dan a todos lecciones de organización y de civismo.
El espacio para la comida, los productos de limpieza, la comunicación, las diferentes secciones de diálogo, e incluso un espacio para los niños, los más pequeños con un gran cartel: No hacer fotos a los niños. Porque eso es lo que hacemos muchos los que nos acercamos a la Plaza Solución: hacer fotos y más fotos. Fotos a los kiosokos, a los andamios, al “muro de la indignación” al salir del metro, a las farolas, al Oso y el Madroño, a las miles y miles de consignas y de carteles que se han multiplicado y se siguen multiplicando día a día en un espacio público convertido en voz de la sociedad, tapando los grandes anuncios publicitarios que llenan de mercantilismo el corazón de Madrid. Carteles y carteles, consignas y frases contundentes, y gente mirándolos, leyéndolos, comentándolos, haciéndolos suyos o despreciándolos… algunos de ellos, los de carácter político, aquellos que instan a favor o en contra de un partido, llevan debajo una nota: “Este cartel no se adecúa a los postulados de la Asamblea”.
Hace calor, mucho calor, pero no importa. Varios sillones en mitad del campamento, y allí la gente, lee, habla, discute y espera para comer. Reflexiona. Sin micrófonos. Sin cámaras. Sin los nervios del directo o los segundos preciosos de las marcas horarias. En una esquina, un grupo de voluntarios ha comenzado ya a cocinar y un rico aroma de especies llena la plaza como un viento saludable de energía. Como todos los días, el campamento ha comenzado su vida a las siete de la mañana, cuando se apagan las farolas de la Puerta del Sol. Como todos los días, se ha puesto el cartel de “lleno” a la hora de quedarse a dormir y hacer de este espacio un lugar ciudadano, de todos.
Y como todos los días desde hace apenas una semana, la mañana ha comenzado con adecentar el campamento, guardar los sacos, limpiar la calle y un buen desayuno. Admira la organización. Admira la solidaridad. Admira el mismo tono y espíritu que se ha hecho realidad en esta plaza, como en tantas otras plazas de España y del resto del mundo; plaza llena de genetes de todas las edadesy vestimentas. La noche anterior, un grupo ha querido crear momentos de tensión en el minuto de silencio al comenzar al jornada de reflexión. Como una sola voz, abucheos y una consigna: somos pacíficos, somos pacíficos… al final, tuvieron que irse con su pancarta incendiaria y sus ganas de bronca, con la cola entre las piernas, como un perro apaleado por el sentido común y el pacifismo.
Y mientras fotografiamos, y mientras lo miramos todo con los ojos de la sorpresa, de la satisfacción y del orgullo, las dudas se agolpan. A todo el mundo un movimiento así nos ha desbordado. Nos encanta pero nadie se lo esperaba. La generación Ni-Ni, esa generación de Gran Hermano que parecía solo estar buscando la fama rápida y el protagonismo artificial, aquella que parecía no querer saber nada de política se ha convertido en el gran tsunami de la campaña electoral: nadie habla ya de los absurdos e insultantes desprecios de los políticos sino que se comienza a hablar de su propia finalidad y naturaleza, de algunas de sus propuesta y, sobre todo, de los grandes males que aquejan a nuestra democracia. “Me gustas Democracia, pero estás como ausente”.
Los medios de comunicación, con sus blogs y sus teléfonos abiertos, se han visto desbordados por esta participación civil real y espontánea; llenan los andamios y las terrazas de unidades móviles pero no entienden nada. Y ¡qué decir de los políticos, que han pasado de la sorpresa al estupor, sin olvidar unas décimas de miedo y preocupación!
Todos se han preguntado esta semana sobre la incidencia de este movimiento, espontáneo y civil, en las elecciones electorales. Y muchos han constatado que esta incidencia, a tenor de los resultados y de la aplastante victoria del Partido Popular, ha sido mínima… pero operar así, reflexionar así es no haber entendido el movimiento de la Spanish Revolution.
Aquí no hemos de luchar con urgencia contra dictaduras, como en el norte de África. Aquí es necesario luchar contra la dictadura de la economía y de la política (tal y como la han conformado los grandes políticos y los lobbies financieros) con un ritmo más lento… ¿es el momento de hacer propuestas concretas? ¿Es el momento de derogar leyes y de adelantar en el desarrollo de otras, imponiendo una hoja de ruta a unos partidos a los que el movimiento del 15M ya (casi) no les preocupa, entretenidos como están intentando curarse sus heridas electorales o recuperarse de la resaca del éxito? ¿Es el momento de hacer de este movimiento espontáneo y civil una plataforma de reflexión, que permita la libre circulación de ideas y de propuestas más allá de los cauces siniestros y herméticos de los partidos políticos y de los sindicatos?
El campamento de Plaza Solución en el corazón de Madrid es un ejemplo de organización, de solidaridad, una muestra de todo (y mucho) que puede hacerse cuando se unen fuerzas y es la solidaridad el principio que mueve a todos. Si han sido capaces de llegar a este punto, ¿por qué no van ser capaces también de plantear un programa de continuidad de un proyecto que va más allá de una cita electoral, de un momento concreto y que desea cambiar las bases de nuestra democracia, que necesita transformarse, adaptarse al siglo XXI, si queremos que siga siendo fiel a su nombre? En la asamblea del pasado domingo se han dado de plazo una semana más.
Allí seguirán debatiendo en asambleas abiertas, manteniendo los cauces de comunicación y ofreciendo ideas y propuestas que hablan de una sociedad más participativa, en que políticos y banqueros no aprovechen las urnas para legitimar sus delitos, sus excesos, sus faltas de ideas y de propuestas. Plaza Solución, el movimiento 15M (y ahí nace su fuerza revolucionaria) ha demostrado que otro mundo es posible. Ahora solo falta que muchos (la gran mayoría) nos lo creamos.
|