PEDRO P. HINOJOS
Por aclamación. Igual que aquella tarde en la Asamblea de Madrid cuando negó que existiera el Metrobús: todos sus compañeros le aclamaron, entre risotadas arrojadas a la oposición. José Ignacio Echeverría, el hasta ahora consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid, será el nuevo presidente de la Asamblea de Madrid a propuesta de Esperanza Aguirre y aceptada por aclamación por los 72 diputados electos. Faltaría más.
Luego se quejan los políticos del desapego y del recelo, tan injusto y tan hiriente, de los ciudadanos. Pero lo hacen con la boca pequeña y sin mirar a los ojos porque hasta el más cínico del gremio reconoce que forman una minoría acomodada y suertuda, blindada por esa materia intangible que es la expresión de la voluntad popular. Y entonces pasan a formar parte de un limbo de endogamias, comodidades y desmemoria que, vaya ironía, les impide transformar la realidad a mejor, que es para lo que se supone que están. O se producen prodigios como el del futuro presidente de la cámara que representará a todos los madrileños: metió la pata de un modo que provocó vergüenza ajena a todo el que le escuchó –menos a sus compañeros de bancada, entregados a la aclamación y a la ola mexicana– y en vez de ser retirado discretamente de la primera línea o de haberse ofrecido a volver a su ocupación profesional anterior, se le ha aupado hasta convertirle en la segunda autoridad de la Comunidad de Madrid.
Los diputados más patosos que estrenarán nueva legislatura hoy tendrán en el máximo responsable del parlamento autonómico un espejo, un consuelo y una esperanza: por muy gorda que la hagan, la política, esta política, siempre les brindará nuevas oportunidades; y aún mejores que las primeras. Justo lo contrario de cómo funcionan las cosas nada más traspasar el zaguán de la Asamblea de Madrid. Caminando y callejeando un poco, se llega hasta la estación de Entrevías. Y de allí a El Pozo, y vuelta en el Cercanías, un hombre pide la voluntad en estos días a cambio de que escuchen su historia. De aspecto aseado y una mochila a la espalda, no plañe ni ruega; va directo al grano: 47 años, no ha mendigado dinero ni comida nunca en su vida, en paro desde 2008, todas las subvenciones agotadas, tres hijos aún pequeños, una mujer en paro y cuidando de sus padres, impedidos, a la espera de las ayudas de los dependientes. Con lo que recoge en uno de esos trayectos, casi le llega para un Metrobús. |