José Blanco es gallego de maradentro, pero conoce la fauna marítima de la costa y sabe que los peces tienen una memoria de corto alcance: una lubina encuevada por un ruido olvida la amenaza a los nueve segundos, y vuelve sobre sus pasos para ponerse de nuevo a tiro de arpón o de chivo. El ministro de Fomento adjudica al ciudadano la misma condición que al pez, y supone que borrará rápidamente sus recuerdos para morder la lombriz: hay que plantearse el copago, hacerles pagar a los bancos una parte de la factura y dejar de hacer autovías y aeropuertos; dice sin pestañear.
Pero en el mar también hay pulpos, de enormes prestaciones más allá de su perfecta sintonía con el pimentón, la sal maldon, el aceite de oliva y unos buenos cachelos: su cabeza moldeable recuerda casi todo, y no les es difícil retener algunas referencias visuales y olfativas del pasado remoto y reciente.
Por ejemplo que la banca, como el ladrillo, las energéticas o el mercado de valores; no pudieron hacer nada de lo que hicieron sin la complicidad, la tutela, el estímulo y la protección del Gobierno: cada vez que se echa la culpa al mercado, se entrega una coartada a los pocos y conocidos responsables de la crisis y se adjudican las culpas a fenómenos meteorológicos imprevistos o excesos individuales de los ciudadanos.
En realidad, desde el precio del dinero hasta la salida a Bolsa o las tarifas de la luz o la calificación de un suelo dependían, y dependen, de quienes ahora intentan pasar por médicos aunque han sido siempre enterradores. Por mucho que suenen las trompetas de cierta política y cierto periodismo, que repiten el mantra de la mano negra mientras intentan blanquear su alma sucia, todo lo que ha pasado tiene un origen definido y un culpable claro: había un Banco de España, una CNMV, un Ministerio de Industria y tantos otros, con subyacentes consejerías y concejalías, consagrados a la gestión del suelo.
Tan obvio es que, pese a la pose bramante de ahora, hoy mismo no lo disimulan: allá donde antes hubo un político negligente y consentidor, hoy hay un consejero de la empresa beneficiada, que tiene tanto que ver con el mercado real –el que componen trabajadores, PYMES y consumidores- como un huevo a una castaña.
El rizo rizado otorga una pista final: ni siquiera han tenido la decencia de invertir bien el derroche. La caja que presidían y el dinero que gastaban era en aeropuertos en Ciudad Real o Aves a Albacete, satisfaciendo las aspiraciones catetas del cacique regional de turno en lugar de ofreciendo a su país un aeródromo con enlace directo a Asia o un puerto de mar capaz de encauzar desde España las mercancías pesadas de medio mundo.
De todos los bichos acuáticos, al fin, el más parecido a esta clase política manirrota e intelectualmente bivalva es la lapa: no se come y no come, pero tiene una concha dura y una carne capaz de estimular las náuseas de un mugel, un pez plateado que no le hace ascos ni a la mierda expulsada por un colector. Como el pulpo, no es animal de compañía.
Posdata. Los mensajes a la Banca parecen más una obra de teatro aficionada: mientras declaman en la platea que ellos son los malos, buscan en la caja fuerte el dinero que necesitan para no cambiar. Don Emilio Botín bien sabe que una cosa es soportar una pitada y otra bien distinta pagar una ronda: los actores del momento se conforman con pedirle lo primero a cambio de descargarle de lo segundo.