Todas las familias infelices
por Fernando Couto

VIERNES 15 DE JULIO DE 2011 A LAS 18:39 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Desde el estreno de su primera parte en 1972 se ha escrito tanto sobre El Padrino que es difícil añadir 700 palabras más que tengan algún valor. Su importancia no ha dejado de crecer desde entonces y su influencia es innegable tanto en el cine como en la televisión, para bien (Los Soprano) y para mal (Érase una vez en América). Ha sido vista como un ataque a la comunidad italoamericana, como una glorificación de la violencia mafiosa, como una alegoría del capitalismo o como un análisis de la estructura de la familia. Como todas las grandes obras de ficción es susceptible de interpretaciones muy diversas; incluso uno mismo puede variar su acercamiento a lo largo de los años conforme trata de dar sentido a la acumulación de conocimientos que se suele producir en la vida.    

 

Sus dos primeras partes fueron realizadas en un momento interesante en la historia del cine estadounidense, cuando ya había acabado la era de los grandes estudios de Hollywood y aún no había comenzado la de los muñecos, camisetas y videojuegos derivados. En ambas obras confluye un grupo de talentos en estado de gracia, encabezados por el coguionista y finalmente también director, Francis Ford Coppola, como el fotógrafo Gordon Willis, el escritor Mario Puzo, el compositor Nino Rota, el diseñador de producción Dean Tavoularis y un reparto perfecto que incluye estrellas de entonces (Marlon Brando, James Caan), futuras estrellas (Al Pacino, Robert De Niro), actores veteranos (John Marley, Sterling Hayden, Richard Conte, Lee Strasberg) y jóvenes (Diane Keaton, Robert Duvall, el espléndido John Cazale).  

 

Aunque se pueden disfrutar por separado, si se ven seguidas la historia del fracaso de Michael Corleone (Al Pacino) conforme aumenta su poder remueve más. La primera parte tiene una estructura redonda y modélica, desde la boda inicial con las audiencias de Don Vito (Marlon Brando) a los invitados hasta el montaje paralelo final del bautizo del último nieto y la venganza diferida de la familia bajo nueva dirección. En la segunda la mezcla de las dos líneas temporales (la juventud de Vito Corleone y la madurez de Michael como capo) resulta bastante natural, aumenta la densidad de la historia de la familia Corleone y además debe de ser uno de los motivos por los que siempre ha gustado más a parte de la crítica. Pero lo que le da altura superior y fuerza trágica respecto a la primera es el destino de Fredo (John Cazale), que sella a su vez el de Michael, que termina solo con el recuerdo de cómo terminó solo en el comedor de la casa paterna la noche del bombardeo de Pearl Harbor.

 

Vistas por enésima vez, además de saborear de nuevo esas frases que ya forman parte de la cultura popular ("no es nada personal, solo negocios"; "le haré una oferta que no podrá rechazar"; "si algo nos ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera"; "después de todo no somos comunistas"; "pueden ganar"); de regalarse la vista con la suntuosa ambientación o de apreciar los matices de las actuaciones de protagonistas y secundarios en secuencias tan excelentemente escritas como filmadas, se puede prestar más atención a detalles como las aportaciones de Richard Bright (Al Neri) y Talia Shire (Connie Corleone), los únicos actores presentes en las tres partes, junto con Pacino y Keaton (y Tere Livrano como Theresa Hagen). No se puede estar mejor de lo que están Bright y Shire en sus interacciones con Michael durante el velatorio de Mama Corleone (Morgana King). También resulta divertido descubrir en pequeños papeles a actores que luego alcanzarían la fama, como Harry Dean Stanton (Alien, París, Texas), Danny Aiello (La rosa púrpura de El Cairo, Haz lo que debas) o Dominic Chianese (Los Soprano).  

 

Disfrutar ahora en una sala de cine de las versiones restauradas, con los colores rembrandtianos conseguidos por Gordon Willis, sin interrupciones, sin ruidos intempestivos de coches, de vecinos o de teléfonos es un lujo de valor incalculable por un precio menor de doce euros. 

 

Grados de separación  

Para los menos aficionados a la lectura, no se puede dejar de mencionar que el título de hoy está derivado del justamente famoso comienzo de Ana Karenina de Tolstoi.


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