PEDRO P. HINOJOS
Alcalá y Alcorcón no son, según se mire, tan diferentes. Les unen parecidos también con Fuenlabrada, Alcobendas, Móstoles, Torrejón o, pongamos, las afueras de Villaviciosa de Odón. Que se lo digan a aquel tipo que cierta tarde puso rumbo desde su oficina en el centro de Madrid a su casa, en una colmena de adosados de la corona de la capital. Entre el atasco en la autovía, el cansancio y la cháchara cansina de la radio debió despistarse, porque no encontró su casa en la urbanización. Tras circular completamente extraviado durante horas, comprobó que había ido a parar a otro municipio… pero a una urbanización exactamente igual a la suya. Al menos eso, con más o menos detalles, se cuenta en una leyenda urbana, que como todos los relatos orales de esta especie resultan tan kafkianos que podrían ser perfectamente reales.
Son los nuevos ensanches, las barriadas de ladrillo emergidas como/entre burbujas en los últimos lustros, los que han unificado los arrabales capitalinos, cada vez más cerca de convertirse en una suerte de Gran Madrid. Y con ese cinturón impersonal de calles solitarias, cadenas de unifamiliares y colonias aisladas por setos impenetrables, son las ciudades de más tradición, como la nuestra, quienes más tienen que perder. O así debería ser, al menos, por aquello de que las urbes históricas deberían guardar sus esencias centenarias. Aunque hay que reconocer que no es fácil conjugar esa aspiración, ese deber, con el progreso y las demandas de vivienda de las nuevas generaciones de vecinos y de los promotores inmobiliarios. Espartales, el Ensanche o La Garena son, por esta cruel paradoja urbanística, barrios tan alcalaínos como, digamos, los nuevos barrios alcorconeros. ¿O sería al revés? |