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por Uno de la Redacción

MIÉRCOLES 28 DE SEPTIEMBRE DE 2011 A LAS 14:43 HORAS
Opinión > Política
 
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JOSÉ L. ENRÍQUEZ

Hace unos meses, en esta misma columna, conté la increíble historia de  Miguel. Les refresco la memoria. Miguel era un tipo con el que coincidí al inicio de mi vida laboral y con el que me reencontré un día en plena calle tras un par de décadas. Era un friki que tras pasarse media vida enganchado a la última novedad tecnológica que caía a sus manos, desde su primer Spectrum, había dado un arriesgado paso adelante. Se había sometido a varias operaciones para implantarse en su cerebro todas las redes sociales habidas y por haber.

Mediante unos pequeños chips, colocados en el lugar oportuno del cerebro los mensajes de Twitter, Facebook o Tuenti circulaban con tanta rapidez por su cabeza que había logrado algo extraordinario: tener la capacidad de vivir la vida de los otros. Con tanto mensaje ya no hablaba de él. El inesperado reencuentro me dejó tan descolocado que desde entonces no dejé de preguntarme cómo era posible que andara por ahí un tipo con chips prodigiosos implantados en la cabeza. Eso alimentó mi curiosidad, lo que propició que siguiera sus tweets y que solicitara  su amistad en Facebook, aunque nunca intercambié con él mensaje alguno. Como voyeaur de las redes sociales me limité a prestar especial atención a sus comentarios. No se le escapaba nada de la actualidad. Era capaz de comentar los trending topic del día (los términos más repetidos en Twitter), de responder al comentario de cualquier hijo de vecino y opinar de todo.

Recuerdo, por ejemplo, cómo hablaba de la boda de la Duquesa de Alba, las andanzas de Justin Bieber o el fiestorro de la divorciada Jennifer López con la misma presteza que en asuntos como la ayuda de la Unión Europea a Grecia, la amenaza del Fondo Monetario Internacional de hacer una auditoría externa a la banca española, el fin de los toros en Cataluña, la creación de eurobonos o la crítica despiadada de Carlos Boyero a La piel que habito. Simplemente, Miguel tenía la necesidad de comentar toda la información que llegaba a su cerebro. Y era infinita. Hace unos días que Miguel murió. Estaba en una céntrica cafetería de la ciudad y se desplomó. Nunca más se despertó. Había caído fulminado. Los médicos que le atendieron sólo pudieron certificar su fallecimiento.

Tras el barullo que se armó en la cafetería fue trasladado al Instituto Anatómico Forense para practicarle la autopsia. El juez lo decidió así tras personarse en la cafetería para ordenar el levantamiento del cadáver. No las tenía todas consigo y quería saber las causas del repentino fallecimiento de aquel hombre. Junto a él encontraron una Blackberry y una Ipad de Apple, que seguían escupiendo mensajes e informaciones como si nada hubiera pasado. Unos días después del trágico suceso la autopsia determinó las causas del fallecimiento: un ictus cerebral por sobreabundancia de información.


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